Un tren, una imagen, y el fervor de un pueblo
En la luminosa mañana del 5 de abril de 1925, Cartagena vivió uno de los momentos más entrañables y emotivos de su historia religiosa. Aquel día, la ciudad recibía por tren la sagrada imagen de la Virgen de la Piedad, talla destinada a formar parte esencial del conjunto escultórico de la Cofradía Marraja, una de las más emblemáticas de la Semana Santa cartagenera.
La imagen, obra de indudable belleza y profundo significado, llegó desde el taller del escultor murciano José Sánchez Lozano, quien seguía con fidelidad los modelos estéticos del gran Francisco Salzillo. La pieza venía destinada a enriquecer el trono del “Santo Entierro”, y encarnaba a María en uno de los momentos más desgarradores de la Pasión: sosteniendo el cuerpo muerto de su Hijo en sus brazos, imagen de amor, dolor y redención.
El tren que la transportaba llegó a la estación de ferrocarril de Cartagena a primera hora de la tarde. Aquel andén, normalmente destinado a los vaivenes de la vida cotidiana, se transformó en altar improvisado y escenario de devoción. Nada más ser descargada la sagrada imagen, se procedió a su bendición solemne en la misma explanada de la estación, ante una multitud congregada que había acudido a presenciar el evento con recogimiento y emoción.
Tras la bendición, comenzó la procesión solemne hasta la Iglesia de Santo Domingo, sede de la Cofradía Marraja. Acompañada por la Banda de Infantería del Regimiento de la ciudad, que interpretaba con solemnidad la Marcha Real, la Virgen fue portada con respeto y devoción por miembros de la hermandad, mientras las calles se llenaban de fieles, curiosos y devotos que querían ser testigos de aquel momento histórico.
Los balcones lucían colgaduras, y muchas familias bajaban a las calles con rosarios entre las manos y lágrimas en los ojos. Era más que la llegada de una talla procesional: era la acogida de una madre al corazón de su pueblo. Los ecos de la música militar, el incienso improvisado, el murmullo de oraciones y el sonido de los pasos al unísono marcaban el ritmo de una ciudad que se fundía con su fe.
La Virgen de la Piedad fue entronizada en Santo Domingo esa misma tarde, donde fue recibida por los miembros de la Cofradía, el clero local y autoridades civiles. Allí comenzó su andadura espiritual por las calles de Cartagena, participando cada Viernes Santo en la procesión del Santo Entierro, uno de los actos más conmovedores de la Semana Santa.
Hoy, un siglo después, todavía resuenan los ecos de aquella jornada. La llegada de la Virgen de la Piedad no solo enriqueció el patrimonio artístico de la ciudad, sino que fortaleció el alma colectiva de los cartageneros, que encontraron en su mirada el consuelo para sus penas y el reflejo de una fe viva, transmitida de generación en generación.
“Piedad en los raíles”
Llegó la tarde vestida
de incienso y de azucenas,
el tren silbó su llegada
con alma de luna llena
Y en la estación, Cartagena
detuvo su pulso herido,
que el llanto de una doncella
sobre su Hijo caído
descendía del vagón
como un suspiro bendito.
No era estatua ni madera,
era Madre en su desvelo,
con las manos hechas ruegos
y los ojos, puro cielo.
La Banda rompió el silencio
con la Marcha Real sonora
y el pueblo, en su reverencia,
alzó su alma oradora.
Las calles, manto de flores,
balcones, trinos de amor,
cada paso, una plegaria,
cada esquina, un resplandor.
Y el viento, entre los naranjos,
susurraba con fervor:
“Piedad llegó a Cartagena,
madre del Dolor y Amor”.
En Santo Domingo aguarda
el trono y la devoción,
los Marrajos, de rodillas,
le entregan su corazón.
Desde entonces, cada año,
cuando el Viernes Santo asoma,
la ciudad calla y contempla
su mirada que perdona.