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Crónicas de un Pueblo. – Miguel Zapata, “El Tío Lobo”: Fortuna, Poder y Leyenda de la Sierra Minera de Cartagena y La Unión.

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En la historia del Campo de Cartagena hay nombres que resuenan como truenos lejanos, que aún hoy provocan respeto y temblor. Uno de esos nombres es el de Miguel Zapata Sáez (1841-1918), el hombre al que la memoria popular bautizó como “El Tío Lobo”, patrón minero, magnate sin igual y mito de la dureza patronal en las entrañas de la Sierra de La Unión y Cartagena.

Origen humilde y primeros pasos en la mina.

Nació en El Mirador (San Javier), en el seno de una familia humilde dedicada al campo. La vida, sin embargo, pronto lo llevó a buscar fortuna en las minas de Portmán y La Unión, donde de muchacho conoció el polvo del mineral, el frío de las galerías y la dureza del jornal.

Dicen que, de joven, cuando una manada de lobos rondaba el ganado, Zapata los encaró con fiereza. De ahí el mote de “Tío Lobo”, que lo acompañaría para siempre como emblema de su carácter recio, astuto y dominante.

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“El que nace con bravura,

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no se arruga ni se esconde,

su nombre en la sierra responde

con la fuerza de su hondura.

Y aquel mozo de estatura

se hizo Tío y se hizo Lobo,

del jornal al mayor robo,

del azadón al poderío,

hizo de la mina el río

que arrastró plata y su oro.”

 

El ascenso: de jornalero a magnate.

En apenas dos décadas pasó de minero a gran empresario. Su intuición para los negocios le permitió controlar el ciclo de la riqueza minera:

Fundó las fundiciones de plomo La Orcelitana y Purísima Concepción en Portmán.

Creó su propia flota y atracaderos, asegurando la exportación a mercados ingleses.

Levantó La Maquinista de Levante en La Unión, taller metalúrgico de referencia para calderas y maquinaria minera.

 

Diversificó hacia otros enclaves, como los yacimientos de hierro de Cehegín.

El Tío Lobo se convirtió en uno de los hombres más ricos de España, ejemplo vivo de que la Sierra podía dar fortunas inmensas… siempre a costa del sudor ajeno.

Poder férreo, corazón duro y los vales de trabajo.

Quien trabajaba en sus minas sabía bien lo que era la dureza. Zapata no temblaba al imponer salarios bajos, jornadas interminables y, sobre todo, una práctica abusiva: el pago en vales o fichas.

Con esos vales, los mineros no podían cobrar en dinero, sino que estaban obligados a gastarlos en las tiendas, cantinas y economatos que el propio Zapata controlaba. Así, el patrón no solo era dueño de la mina, sino también del pan, del vino y hasta de las velas con las que los obreros alumbraban sus noches.

Esta práctica, extendida entre los grandes patronos mineros, creaba un círculo vicioso de dependencia: el minero trabajaba para el Lobo y volvía a dejar su jornal en los negocios del Lobo.

 

“Vales eran la cadena,

más fuertes que los candados,

eran dineros prestados

que no sacaban la pena.

La miseria fue la escena

de aquel jornal malherido,

y en el ticket retenido

del patrón estaba escrito:

que el obrero era un grito

sin salida ni camino.”

 

Trovo del vale del Tío Lobo.

 

“Pagaba en fichas el hombre,

no en monedas ni en doblones,

y en sus propios almacenes

se gastaban sin opciones.

El minero sin razones

iba al pan o al aguardiente,

y en la libreta evidente

quedaba el sudor marcado,

¡era el jornal mal pagado

del Lobo, duro y pendiente!”

 

Kchi

 

Matrimonios, alianzas y herederos.

Casado con Juana Hernández Aguirre, tuvo siete hijos, de los cuales solo tres alcanzaron la madurez: Visitación, Miguel y Obdulia.

La estrategia matrimonial fue clave para consolidar su poder:

Su yerno, el médico José Maestre Pérez, se casó con sus dos hijas sucesivamente (Visitación primero, luego Obdulia), quedándose así con buena parte de la herencia.

Su hijo Miguel Zapata Hernández se unió a la aristocracia casando con la marquesa de Villalba de los Llanos, enlazando con las familias nobles Roca de Togores y Arneva.

Así, el Tío Lobo no solo acumuló riqueza en vida: también aseguró que su apellido quedara ligado a la nobleza y a la política.

Palacios y posesiones: la huella visible.

La riqueza de los Zapata se plasmó en dos joyas arquitectónicas que aún hoy hablan de su poder:

La Casa del Tío Lobo en Portmán (1913): residencia personal de Miguel Zapata Sáez. Palacete modernista alzado por Víctor Beltrí, con aire de “hotelito francés” frente a la bahía minera. Hoy permanece abandonada y deteriorada, símbolo de la gloria que se desmorona.

La Casa Zapata de Cartagena (1909-1912): levantada por encargo de su hijo Miguel Zapata Hernández y proyectada por Víctor Beltrí en la Plaza de España.

Mezcla de estilos modernistas, neogóticos y secession, guarda en su interior un magnífico patio neónazarí coronado por una cúpula de cristal. Desde 1942 funciona como Colegio de las Carmelitas de Santa Joaquina de Vedruna, manteniéndose viva y cuidada en pleno corazón del Ensanche cartagenero.

 

“Palacios de hierro y cal,

ventanas de mar abierto,

donde el patrón hizo el puerto

de su ambición sin igual.

Hoy la hiedra funeral

cubre balcones y rocas,

pero aún rugen esas bocas

de piedra y de hierro fiero,

¡aún se siente en el minero

la ley del Lobo en sus trochas!”

 

La leyenda y el fin.

El Tío Lobo murió en 1918 en San Javier, con honores fúnebres presididos por ministros y autoridades. El cortejo simbolizó la grandeza de un hombre que, de campesino, se había hecho príncipe de la minería.

Pero su muerte coincidió con el ocaso del esplendor minero: la Primera Guerra Mundial, la caída de precios y la crisis marcaron el inicio del declive. La herencia pasó a los Maestre, que prolongaron el dominio, pero el mito ya tenía nombre propio: el Tío Lobo, el hombre que hizo de la Sierra un feudo.

Epílogo.

En la memoria del Campo de Cartagena, Miguel Zapata Sáez sigue siendo un personaje dual:

Para unos, ejemplo de audacia, un self-made man que se alzó desde la nada.

Para otros, el patrón de corazón duro que pagaba con vales y obligaba a sus hombres a gastar en su propio feudo.

Y quizá en esa contradicción habite su verdadera leyenda: la del Tío Lobo, que aún aúlla en los barrancos y casas vacías de La Unión y Portmán, y que se refleja, esplendoroso, en el patio nazarí de Cartagena.

 

“Que nadie olvide su historia,

ni su sombra ni su brillo,

que en la mina fue cuchillo

y en la plaza fue memoria.

Patrón de dura victoria,

rey sin corona y tesoro,

del Lobo aún suena el coro

en galerías desiertas,

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y en las ruinas aún abiertas

su aullido retumba en oro”

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