El mote que se convirtió en orgullo.
Nos llaman Aladroques, y algunos lo dicen con sorna, como quien nombra lo pequeño. Pero en ese mote cabe toda una historia de mar, de hambre y de abundancia, de barcas humildes y de mesas compartidas.
El aladroque, cuyo nombre científico es Engraulis encrasicolus, es el pez que todos conocemos como boquerón o anchoa europea. Pez pequeño, plateado, que rara vez pasa de los 20 centímetros, pero que vive en bancos numerosos, tan brillantes como un espejismo en la bahía. Ha sido durante siglos uno de los más abundantes en el Mediterráneo y, en particular, en nuestras costas cartageneras.
Su humilde presencia lo convirtió en alimento esencial del pueblo. El aladroque se comía de mil maneras: frito en sartén con aceite y harina; rebozado y acompañado de unas gotas de limón; en escabeche para aguantar días de calor; y, cómo no, en salazón o en vinagre, siendo manjar de pobres que el tiempo y el gusto elevaron a manjar de reyes.
Dichos, anécdotas y leyendas.
En las tabernas del puerto se decía:
“Más apretados que aladroques en la cesta”, para hablar de multitudes en poco espacio.
“Vale menos que un aladroque seco”, para referirse a lo insignificante.
“Aladroques somos, muchos y vivos”, cuando había que plantar cara a los de fuera.
Cuentan los viejos marineros que, durante los asedios y hambres de Cartagena, fueron los aladroques en salazón los que salvaron a más de una familia. Y aún recuerdan los mayores cómo los chiquillos competían en pescar aladroques desde las escolleras, con cañas de cañaheja, para después freírlos y comerlos entre risas.
El aladroque y la barca homónima.
No sólo fue pez. También dio nombre a la pequeña barca pesquera “Aladroque”, de vela latina o a remo, con la que se faenaba en la bahía y en el Mar Menor. Barcas humildes, como sus dueños, que al igual que el pez supieron resistir el oleaje y traer sustento a las casas.
Trovo cartagenero inicial.
Décima
Del mar viene mi apellido,
me llaman aladroque claro,
soy pez menudo y avaro
de brillo recién nacido.
Pero aunque chico he podido
llenar de pan los hogares,
soy sal, sustento y cantares,
barca humilde marinera,
Cartagena verdadera,
raíz de pueblos y mares.
(Kchi)
Trovo con décimas y quintillas alternas.
Décima
Del mar surge mi destino,
soy aladroque sincero,
pescador y marinero
con la sal como camino.
Aunque pequeño en contino
me junto con mis iguales,
hacemos mares caudales
cuando nadamos unidos,
y en los tiempos más sufridos
llenamos mesas cabales.
Quintilla
Aladroque es mi cantar,
nombre de gente sencilla,
que en su barca se arrodilla
para al viento gobernar,
y al sol poderlo alumbrar.
Décima
Barca humilde que resiste,
remando contra el levante,
su quilla va hacia adelante
aunque el temporal persiste.
Cartagena se reviste
con coraje marinero,
y un corazón verdadero
que jamás calla su voz,
pues de aladroques somos los
hijos del mar y del hierro.
Quintilla
Si me llaman con desprecio
aladroque, yo respondo:
soy del mar, de lo más hondo,
llevo el nombre en el pecho
con orgullo muy profundo.
Kchi.
Trovo festivo de los Aladroques.
Décima
Cuando escucho en la verbena
que nos llaman aladroques,
respondo con mil retoques
de guitarra y de cadena.
Cartagena se enajena
con fandango y seguidilla,
y en la plaza la cuadrilla
canta a coro su verdad:
ser aladroque es heredad,
es orgullo y es semilla.
Quintilla
Aladroques del vivero
bailan dentro la sartén,
y en la fiesta del querer
se los come el mundo entero
con limón y con la salén.
Décima
En el puerto y la bahía
los aladroques brillaban,
y en los cántaros quedaban
las sardinas de alegría.
Hoy la copla todavía
los nombra con gran pasión,
pues en cada corazón
de cartagenero honrado,
un aladroque ha quedado
como escudo y bendición.
Quintilla
Que nos llamen como quieran,
yo respondo con mi canto:
¡Aladroques de mi manto,
que al sonar la habanera
son tesoro y son encanto!
Kchi.
El Icue y el aladroque: símbolos de un mismo sentir.
En el corazón de Cartagena se alza el Icue, el niño eterno de bronce que ha visto pasar generaciones enteras. Con su cuerpo menudo, desnudo y sincero, representa a los hijos del pueblo llano: chiquillos que corrían descalzos por las callejas, que trabajaban antes de tiempo, que jugaban en las plazas con el mar como horizonte. El Icue es la infancia humilde y valiente, la raíz de tantos cartageneros que nacieron de la escasez, pero crecieron con la dignidad de saberse pueblo.
Y si hay un nombre que nos identifica a todos, es el de aladroques. Durante años, algunos lo usaron como burla, comparándonos con ese pez pequeño que abunda en nuestras aguas: menudo, plateado, humilde. Pero como el pueblo que lo hizo suyo, el aladroque se multiplicaba en los bancos del mar, brillaba al unísono y resistía cualquier red. Así nació un mote que dejó de ser insulto para convertirse en orgullo cartagenero: ser aladroques es ser hijos del mar y de la tierra, pequeños ante el poder, pero infinitos en número, viveza y coraje.
Imaginemos ahora al Icue, con esa mano que parece hecha para alzar símbolos, sosteniendo un aladroque. Ese gesto une dos verdades en una sola imagen: el niño que representa la niñez de Cartagena y el pez que encarna la humildad orgullosa de su gente. El bronce y la sal, la inocencia y la resistencia, la tierra y el mar.
El Icue con el aladroque en la mano nos recuerda que nacimos pequeños, pero no vencidos; que fuimos niños del hambre y de la esperanza, y que supimos convertir la burla en seña de identidad. Entre ambos símbolos late la Cartagena de siempre: ciudad que resiste, que se ríe de la adversidad, que camina erguida aunque la llamen por lo menudo.
Orgullo de ser aladroques.
Así pues, cuando a los cartageneros se nos llama aladroques, que se sepa: no nos nombran con desprecio, sino con historia. Somos como ese pez: humildes pero abundantes, pequeños ante los poderosos pero difíciles de atrapar, rápidos, vivos y resplandecientes como un banco de plata bajo el Mediterráneo.
Y como esas barcas llamadas Aladroque, que jamás cedieron al oleaje, nosotros seguimos bogando contra vientos y mareas.
Porque ser Aladroque no es un insulto:
es un título de orgullo,
es llevar en la sangre al mar,
y en el alma la resistencia de un pueblo.