jueves 19 febrero 2026

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“diciembre nos engorda, enero nos perdona (pero solo un poco)”

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Diciembre se erige, sin duda, como el rey gastronómico del calendario. Es un mes en el que la mesa se convierte en el epicentro de nuestras vidas, y los sabores y aromas típicos de la temporada nos envuelven en un abrazo cálido y reconfortante. Las cenas con amigos, las comidas con los compañeros de trabajo, los banquetes de las asociaciones y clubes, y, cómo no, las celebraciones familiares convierten este último tramo del año en una auténtica maratón culinaria.

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Es el mes en el que los mercados y tiendas de alimentación despliegan toda su artillería. Las vitrinas resplandecen con delicias imposibles de ignorar, y la publicidad, con su incansable insistencia, nos asalta desde todos los frentes: anuncios en televisión, banners en internet, carteles en la calle… Todo parece conspirar para tentarnos. Y, por supuesto, sucumbimos con gusto.

Sin embargo, no todo es un abandono descontrolado. Conscientes de lo que se avecina, intentamos contrarrestar los excesos con soluciones aparentemente inocuas. Las cervezas sin alcohol y los refrescos sin azúcar hacen su entrada triunfal en nuestras mesas, acompañados de productos bajos en grasas que prometen hacernos el mes más llevadero. Pero, claro, cuando todo esto se mezcla —o, mejor dicho, se “amasa”— con el resto del festín: el cordero al horno, los canapés rebosantes de queso y los postres infinitos, cualquier intento de redención pierde su efecto. Es como echar un balde de agua en un incendio descontrolado: la intención es buena, pero el resultado es, cuanto menos, anecdótico.

Así llegamos al amanecer del nuevo año: cansados, con los pantalones ajustados y una mezcla de nostalgia y remordimiento en el paladar. Pero no desesperemos, pues enero, consciente de la transición, nos recibe con delicadeza. Comenzamos con el brindis de Año Nuevo, seguido pocos días después por la festividad de los Reyes Magos, que nos invita a un último banquete antes de enfrentarnos a la temida “cuesta de enero”.

Esta cuesta, que suele asociarse al bolsillo maltrecho, también tiene su vertiente gastronómica. Es el momento de mirar la balanza con recelo y de aceptar, aunque con resignación, que los excesos de diciembre han dejado huella. Nos juramos cambiar: menos dulces, más verdura, menos festines, más paseos. Pero, mientras hacemos estas promesas, no podemos evitar sonreír al recordar que, aunque efímero, diciembre fue un mes de celebración, abundancia y calor humano.

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Porque, al final, ¿qué sería de la vida sin esos momentos en los que el alma y el paladar se encuentran alrededor de una mesa bien servida? Y, con este pensamiento, quizás aflojamos un poco más el botón del pantalón, recordándonos que la dieta puede esperar… al menos hasta que terminen las sobras del roscón de Reyes.

Enero, más que un mes de austeridad, se convierte en un campo de batalla entre el deseo de retomar la mesura y la tentación de prolongar un poco más las indulgencias decembrinas. Porque, admitámoslo, ¿quién puede resistirse a ese último trozo de turrón o a las lonchas del jamón que aún decoran la cocina? Y aunque intentemos reconciliarnos con las “opciones saludables” que nos acompañaron durante el mes,, esos yogures 0% grasa que siguen en la nevera y los frutos secos sin sal que nunca fueron protagonistas,, la realidad es que diciembre no perdona tan fácilmente.

Sin embargo, en esta montaña rusa de excesos y propósitos, también encontramos una verdad reconfortante: la vida no se mide solo en kilos o calorías, sino en momentos compartidos y risas alrededor de la mesa. Y si diciembre es el festín del cuerpo, enero bien puede serlo para el alma, recordándonos que la moderación llegará… aunque quizá no antes de que acabemos con las sobras.

José Antoni Martínez Pérez

Kchi.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de dondecomemosct.es

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Ilustración estilo cómic de un hombre vestido con uniforme de preso a rayas negras y blancas con las siglas “PGOU” en el pecho, saliendo de una celda bajo un sol intenso. Se cubre la frente con la mano, sudando y desorientado, mientras dice en un bocadillo: “¿Cuántos años han pasado? ¿Ya se habrá construido el Plan Rambla?”. En el suelo aparece la firma “¿Dónde Comemos? Cartagena”.
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