El Camino de Aníbal y el Camino de Cartagena.

De la historia olvidada al símbolo global: la oportunidad de Cartagena para convertir el legado de Aníbal Barca en motor cultural y turístico

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La casa natal de William Shakespeare, en Henley Street, Stratford-upon-Avon, funciona hoy como un santuario literario y, al mismo tiempo, como una maquinaria económica impecablemente engrasada. Cada año, entre 400.000 y 600.000 visitantes recorren sus vigas restauradas, adquieren tazas con citas de autenticidad discutible y alimentan un ecosistema turístico que sostiene buena parte de la vida local. Sin embargo, la convicción de que el dramaturgo vio allí su primer amanecer es menos un hecho comprobado que un pacto colectivo de fe histórica. Lo único documentado es que, en 1552, su padre fue multado por no barrer la calle frente a esa vivienda: una infracción municipal menor convertida, con el paso de los siglos, en la piedra angular de una biografía nacional.

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La probabilidad de que Shakespeare naciera en esa casa es alta; la certeza, no. Y, aun así, la vivienda se ha transformado en un tótem identitario. Para Stratford, este inmueble es un fabuloso

activo turístico; para nosotros, es la demostración de cómo un suceso histórico —o, más precisamente, la interpretación social de ese suceso— puede convertir la supuesta cuna de una celebridad en un motor económico y simbólico capaz de irradiar riqueza y prestigio a todo un país.

Seguro que recuerdan la fantástica película Braveheart. A los cartageneros y cartageneras siempre nos ha tocado la fibra eso de rebelarnos contra el opresor, ¿verdad? Quizá por eso la historia de William Wallace nos resulta tan familiar, aunque la versión de Hollywood tenga más de épica que de archivo. La colina de Abbey Craig, en Stirling (Escocia), alberga hoy el imponente National Wallace Monument, una torre neogótica del siglo XIX que atrae cada año a entre 100.000 y 140.000 visitantes, todos dispuestos a rendir homenaje a un héroe medieval en un lugar donde, paradójicamente, no hay pruebas de que el propio Wallace estuviera jamás. El rigor histórico lo observa con distancia: el monumento no se levanta sobre un escenario documentado, sino sobre un impulso romántico victoriano que necesitaba héroes más que certezas y que convirtió una colina cualquiera en un altar nacional. Pero la falta de autenticidad no ha frenado su impacto turístico ni su poder económico. Para Stirling, esta torre es un recordatorio de que la historia no siempre se escribe en los libros: a veces la escriben los turistas, y un relato bien colocado puede sostener hoteles, tiendas, rutas guiadas y buena parte de la economía regional.

La lista de éxitos turísticos construidos sobre certezas cuestionables en Europa es interminable. Ahí está el llamado Castillo de Drácula, en Rumanía, donde Vlad el Empalador probablemente no pasó ni para pedir la hora; o la Casa de Julieta, en Verona, cuyo célebre balcón fue añadido en el siglo XX para dar escenario a una joven que jamás existió. Son ejemplos admirables de un fenómeno universal: cuando un relato se empaqueta con habilidad y se comercializa con constancia, termina generando prestigio, visitantes y riqueza para un territorio, sin importar mucho cuán endeble sea su fundamento histórico.

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En 2016, la Junta de Castilla‑La Mancha instaló treinta monolitos informativos en otras tantas localidades vinculadas a Cervantes o al universo del Quijote. A primera vista, podría parecer un gesto menor: una pieza de piedra, un texto explicativo, un punto más en la geografía cultural de la región. Pero en realidad, aquel proyecto sintetizaba un fenómeno mucho más profundo y universal: la capacidad de un territorio para convertir un vínculo histórico —a veces documentado, a veces legendario— en un relato turístico que refuerza su identidad y su economía.

La paradoja es difícil de ignorar. Mientras en otros lugares levantan imperios turísticos sobre relatos apenas verificados —cuando no directamente inventados—, Cartagena posee episodios históricos sólidos, documentados y reconocidos por la comunidad académica. No hablamos de anécdotas locales, sino de capítulos que pertenecen a la historia del Mediterráneo y, por extensión, a la Historia Universal. Lo sorprendente no es que otros fabriquen mitos: lo verdaderamente desconcertante es que nosotros, disponiendo de hechos con una potencia histórica incuestionable, no hayamos sido capaces de convertirlos en una narrativa que sostenga una realidad turística y cultural a la altura de su importancia.

Entre los muchos episodios históricos que Cartagena atesora, sorprendentemente en silencio, hay uno que brilla con una intensidad particular: El Camino de Aníbal. Cartagena es el kilómetro cero de la expedición militar más famosa de la Antigüedad. Desde Qart‑Hadast —la Cartagena púnica— partió Aníbal en el 218 a. C., decidido a desafiar a Roma y a inclinar el destino del Mediterráneo. Lo hizo al frente de un ejército cuya magnitud aún hoy parece rozar lo legendario: cerca de noventa mil infantes, más de doce mil jinetes y treinta y siete elefantes que avanzaban como un presagio viviente de lo que estaba por venir.

Y, sin embargo, aquella marcha colosal —una de las operaciones militares más famosas del mundo antiguo— apenas ha encontrado eco en la ciudad que la vio nacer. Ni las autoridades locales ni las regionales han logrado convertir este episodio de la Historia Universal en un

símbolo visible, en un lugar donde la memoria pueda detenerse y reconocerse. Resulta desconcertante que un acontecimiento de tal envergadura, digno de erigirse en emblema identitario, siga sin una forma tangible, sin un espacio que lo reclame como propio. Como si la historia hubiese pasado por Cartagena de puntillas, dejando tras de sí apenas el rumor de lo que fue.

Cuesta no imaginar lo que podría llegar a ser. Frente a la Muralla Púnica —un lugar emblemático que concentra el recuerdo de aquel ingente ejército cartaginés — podría alzarse un punto singular: una escultura o instalación que evocara la partida de Aníbal y que, con el tiempo, se transformara en un pequeño ritual contemporáneo. El visitante se detendría, se haría una foto, compartiría la imagen, y sin darse cuenta estaría participando en un mecanismo tan antiguo como la propia civilización: la creación de memoria colectiva a través de un gesto repetido.

Pero la imaginación, por sí sola, no basta. Detrás de cada símbolo urbano que hoy damos por sentado hubo antes una decisión política, una convicción cultural y un acto de voluntad. No se trata aquí de resolver el “cómo”, porque —como decía Aníbal— “encontraremos un camino; y si no lo hay, lo crearemos”. El verdadero punto de partida es otro: asumir que Cartagena debe tener un espacio tangible dedicado al Camino de Aníbal, un lugar que condense en un solo golpe de vista la magnitud de la gesta que aquí comenzó.

Es posible que el lector cuestione la comparación: ¿cómo equiparar la casa de Shakespeare o la leyenda de William Wallace con una estatua dedicada al Camino de Aníbal? Y, en efecto, el resultado no será el mismo. Pero esa no es la medida correcta. La cuestión no es replicar la fama ajena, sino proyectar a Cartagena mediante una narrativa propia, reconocible y global. Las ciudades que prosperan no lo hacen imitando, sino reinterpretando su historia hasta convertirla en una brújula colectiva.

Es momento de ser coherentes con nuestro pasado para construir futuro, y por qué no empezar por el Camino de Aníbal. Está fenomenal que levantemos una estatua al capitán Alatriste, creación literaria de nuestro insigne paisano Arturo Pérez‑Reverte; es un magnífico activo para la ciudad. Pero resulta imperdonable que no hagamos lo mismo con el Camino de Aníbal.

El anuncio del rodaje de Aníbal, para verano del 2026, una superproducción de Netflix dirigida por Antoine Fuqua y protagonizada por Denzel Washington, crea un nuevo escenario. No es solo cine: es la resurrección global de un mito. Cuando Hollywood decide iluminar a un personaje, lo arranca del pasado y lo convierte en un símbolo contemporáneo. Y en este caso, la figura que renace no es solo la del estratega que cruzó los Alpes con elefantes, sino una celebridad histórica estrechamente vinculada con Cartagena. La película, que recreará las campañas de la Segunda Guerra Púnica y comenzará a rodarse en Italia en el verano de 2026, tiene el potencial de situar a la antigua Qart Hadasht en el imaginario mundial con una fuerza que ni los museos ni los libros de texto han logrado por sí solos. Si Aníbal vuelve a ser un héroe planetario, Cartagena —su cuna ibérica— puede convertirse en un nuevo punto de peregrinación histórica, un lugar donde el pasado deja de ser patrimonio local para convertirse en identidad compartida de la humanidad. Ahora se nos presenta una magnífica oportunidad con la cobertura mundial que la película de Aníbal va a crear, ¿seremos capaces de aprovecharla?

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J.M. Carrión
J.M. Carrión
Informático de formación, trabajó como diseñador gráfico en la película finalista a los Premios Goya(2012); Cartagonova. Fue uno de los miembros fundadores de Movimiento Ciudadano de Cartagena y mantiene un firme compromiso cívico y cultural con la ciudad. Tras superar dos oposiciones nacionales, ejerce como funcionario de carrera en el Ministerio de Justicia.
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