Cartagena volvió a estremecerse en una de esas noches que no se explican, se sienten. La Noche del Encuentro desplegó su liturgia en la plaza del Lago, donde miles de personas aguardaron en silencio contenido hasta que la emoción rompió definitivamente en aplausos, miradas al cielo y alguna lágrima furtiva. La Cofradía Marraja volvió a demostrar que su madrugada no es solo tradición, sino un latido colectivo que atraviesa generaciones.
Desde distintos puntos del casco histórico, las cuatro procesiones avanzaron con ese pulso medido que caracteriza a la Semana Santa cartagenera. El rumor de los tambores, el crujir de los tronos y el respeto del público construyeron una escena casi suspendida en el tiempo, hasta que, como marca la tradición, todas confluyeron en ese instante único en el que Cartagena contiene la respiración: el Encuentro.
Pero la noche guardaba aún un capítulo inesperado que añadió un brillo especial a la ya de por sí inolvidable madrugada. Horas antes, la Reina Doña Sofía había decidido acercarse hasta La Pescadería para contemplar de cerca al Jesús Nazareno, la talla de José Capuz que es alma y símbolo de los marrajos. No figuraba en la agenda, y quizá por eso su presencia tuvo un impacto aún más profundo.
Acompañada por la alcaldesa Noelia Arroyo y por las infantas Doña Elena y Doña Cristina, la Reina llegó en un ambiente ya cargado de expectación. Habían asistido previamente a la Procesión del Silencio, donde conocieron de primera mano la sobriedad californio y el carácter único de la Semana Santa de Cartagena. Sin embargo, la curiosidad y el respeto por la tradición marraja las llevaron a dar un paso más, a buscar el origen, la raíz, el lugar desde donde todo comienza.
En el interior de la Cofradía de Pescadores, bajo la carpa que resguardaba el trono, la imagen del Nazareno se mostró en toda su solemnidad. Allí, en ese espacio íntimo que precede a la procesión, la Reina escuchó atentamente las explicaciones sobre la historia de la cofradía y el significado de la madrugada del Viernes Santo. Fue un momento pausado, casi recogido, en contraste con la intensidad que ya se intuía en las calles.
A su llegada, fueron recibidas por el hermano mayor marrajo, Francisco Pagán, junto a representantes institucionales y cofrades, en un gesto que reflejó la unión entre tradición, ciudad y devoción. Afuera, el público comenzaba a llenar La Pescadería y, al conocer la presencia de la Reina y las infantas, respondió con un aplauso espontáneo, cálido, sincero, como solo Cartagena sabe ofrecer en sus grandes noches.
Después, la madrugada siguió su curso. Las procesiones avanzaron, los tronos se encontraron y la ciudad volvió a rendirse ante ese instante en el que todo cobra sentido. Y entre el recogimiento, la emoción y la historia viva, quedó la certeza de haber asistido a una Noche del Encuentro que, una vez más, superó cualquier expectativa.












