Cartagena volvió a detener el pulso este Lunes Santo para acompañar a la Santísima Virgen de la Piedad en uno de los desfiles más íntimos y conmovedores de su Semana Santa. La Procesión de las Promesas, primera en echarse a la calle por la Cofradía Marraja, transformó el centro de la ciudad en un escenario de recogimiento donde el murmullo de la fe se impuso al ruido cotidiano.
Cientos de fieles caminaron junto al trono, muchos de ellos cumpliendo promesas, otros sencillamente dejándose llevar por una tradición que trasciende generaciones. La talla de la Virgen, obra de José Capuz fechada en 1925, volvió a mostrarse como uno de los grandes referentes devocionales de Cartagena, sostenida con pulso firme por los 150 portapasos que, a hombros, marcaron el ritmo solemne del desfile.
Ese ritmo lo puso, como es costumbre, la marcha ‘Virgen de la Caridad’, cuya melodía envolvió cada rincón del recorrido y acompañó a la imagen en su caminar sereno. No hubo prisa, como no la hay nunca en esta procesión; cada paso parecía medido, cada mirada cargada de significado.
El cortejo, sobrio y ordenado, avanzaba con la presencia del grupo del Sudario, los granaderos, el Santo Cáliz, los nazarenos y los tercios de la Piedad, componiendo una estampa de profundo simbolismo. Tras la Virgen, una marea silenciosa de promesas, algunas anónimas, otras visibles en gestos y lágrimas, dibujaba la verdadera esencia de este desfile.
Uno de los momentos más esperados volvió a vivirse ante la basílica de la Caridad. Allí, la Virgen de la Piedad se detuvo ante la Patrona en un gesto que ya forma parte del alma de la ciudad. La Salve resonó con fuerza contenida mientras se realizaba la tradicional ofrenda floral, un instante donde la emoción se hizo casi tangible entre quienes abarrotaban el entorno.
Desde ese punto, la procesión retomó su camino con la misma solemnidad con la que había partido, avanzando entre calles repletas de cartageneros y visitantes que, año tras año, encuentran en este Lunes Santo una de las expresiones más puras de la fe popular.
La llegada a la Iglesia de Santa María puso el cierre a un desfile que no necesita estridencias para conmover. Basta el silencio, el peso del trono y la mirada de una Virgen que, una vez más, recorrió Cartagena recogiendo promesas y dejando, a su paso, una estela de emoción difícil de olvidar.












