lunes, enero 19, 2026

La voz informativa, cultural y gastronómica de Cartagena y su comarca

Crónicas de un Pueblo. San Antón y San Fulgencio: cuando una ciudad se ve obligada a elegir entre su propia alma.

Cuando la falta de gestión convierte la cultura popular en una lucha por sobrevivir.

Más del autor

Últimos artículos

En Cartagena, hay días que no caben en un calendario. Días que se pegan a la piel como el olor a cocina de barrio, como el eco de una plaza llena, como la risa que se cuela por una calle estrecha.

Publicidad

Hoy es la festividad de San Antón, y aquí eso no es un simple santo: es memoria popular, es identidad, es pulpo a la cartagenera, es barrio y tradición servida en plato hondo, con pan para mojar y conversación para compartir.

Pero también es, tristemente, el espejo donde se ve con claridad la realidad de un barrio que lleva demasiado tiempo dejándose caer… como una vela que, a fuerza de no protegerla del aire y de no alimentarla con cuidado, se va consumiendo hasta casi apagarse.

Y esa es la pregunta que flota en el ambiente como humo espeso:

¿Esto es voluntad de dejar morir lo nuestro, o es incapacidad, desidia y mala gestión?

Porque una cosa es que una fiesta cambie con el tiempo; otra muy distinta es que se la empuje hacia la ruina por abandono institucional, por falta de inversión, por no atender lo básico: seguridad, limpieza, mantenimiento, dignidad urbana.

San Antón: el barrio, la mesa y el pulpo

La tradición de San Antón en Cartagena no nació como un acto “programado”.

Nació como nacen las cosas verdaderas: del vecindario. De los que vivían puerta con puerta, del que sacaba una mesa a la calle, del que traía una olla, del que se acercaba a echar una mano sin pedir nada a cambio.

San Antón ha sido durante generaciones una fecha para sentirse parte de algo: de un barrio con carácter, de una Cartagena popular que se reconoce en sus costumbres.

Y dentro de ese símbolo, el pulpo a la cartagenera no es solo un plato. Es un lenguaje. Es el modo que tiene el pueblo de decir: “esto es nuestro”.

Comer pulpo ahí, en su día, es mucho más que alimentarse: es pertenecer, es hacer familia, aunque no compartas apellido.

Por eso duele ver en qué se ha convertido el entorno. Porque no hablamos de una decadencia estética, de cuatro desconchones que se arreglan con una brocha y una nota de prensa.

Hablamos de algo más serio: de un barrio donde caminar de día ya resulta inquietante, y cuando cae la tarde, pasear es casi un acto de valentía… o de imprudencia.

Fachadas en ruinas. Aceras rotas. Farolas apagadas o quebradas. Pavimentos en mal estado. Solares sucios. Portales abandonados.

Eso no es “cosas que pasan”. Eso es abandono sostenido durante años, durante décadas.

Y cuando un barrio se deteriora así, no se deteriora solo el cemento: se deteriora la vida social, la confianza, el comercio, el orgullo vecinal, la sensación de “aquí valemos”.

Y entonces ocurre lo inevitable: la fiesta se debilita, la participación baja, el visitante se lo piensa, el vecino se cansa y la tradición se encoge… no porque no la quieran, sino porque la están haciendo inviable.

San Fulgencio en Pozo Estrecho: vecindad, cocina y orgullo compartido.

Y mientras San Antón lucha por no apagarse, San Fulgencio en Pozo Estrecho representa otra cara de lo mismo: la tradición viva que se sostiene por la gente.

Las pelotas galileas no son solo gastronomía: son hospitalidad, son un obsequio comunitario, son la forma más noble de decir “ven, siéntate, aquí hay sitio para ti”.

Ese evento —como tantos otros que hacen grande al municipio— ha caminado siempre con el empuje de las asociaciones vecinales, con trabajo callado, con coordinación, con esa generosidad que no necesita focos para brillar.

Lo que allí se prepara no es solo comida; es cultura popular en estado puro: una tradición que educa en el valor de compartir, en la pertenencia, en el orgullo de pueblo.

Y justamente por eso, por ser una tradición auténtica, a veces parece que incomoda a quien solo entiende la cultura como escaparate.

El problema no es la fiesta: es la prioridad

Aquí no se critica que haya festejos. Cartagena merece alegría, merece eventos, merece vida. Nadie discute eso.

Lo que se critica es el orden de prioridades.

Porque este ayuntamiento —y lo digo con claridad— ha demostrado en muchas ocasiones que cuando quiere, puede: sabe montar escenarios, sabe sacar campañas, sabe vender imagen, sabe gestionar lo mediático.

 

Pero cuando la cosa suena a tradición, a barrio, a cultura popular que no da “foto de postureo” tan fácil, entonces el interés parece diluirse.

Y el ejemplo más sangrante de esa falta de respeto es lo que ha ocurrido este año: hacer coincidir San Antón con San Fulgencio.

Dos tradiciones de primer orden en el municipio. Dos celebraciones queridas. Dos citas que deberían sumar, no competir.

Y, sin embargo, se ha construido el escenario perfecto para el conflicto: obligar al cartagenero a elegir.

Elegir entre el pulpo y los rollitos del Santo en el día grande de San Antón… o ir a Pozo Estrecho a compartir con sus vecinos las pelotas galileas.

¿De verdad era tan difícil evitarlo?

¿De verdad no había margen para coordinar?

¿De verdad no se podía demostrar un mínimo respeto por dos tradiciones que, precisamente, son lo que mantiene unida a la gente?

Porque cuando se hacen coincidir, se rompe algo profundo: se rompe la costumbre de acompañarnos unos a otros, de pasar por los dos sitios, de repartir el cariño entre barrios y diputaciones como se reparte el pan en una mesa larga.

El impacto real: cuando la cultura se convierte en competencia.

Esto no es solo un problema de calendario. Es un golpe a la cultura social de Cartagena.

Las tradiciones no son “actividades”, son un tejido. Un tejido hecho de hábitos, de tiempos compartidos, de recuerdos repetidos año tras año.

Y cuando se obliga a elegir, ese tejido se rasga:

Se divide la asistencia.

Se debilita el esfuerzo vecinal.

Se reduce el impacto económico en los entornos.

Se desluce el ambiente.

Se instala la idea de que “total, ya no es como antes”.

Y esa frase es veneno lento. Porque “ya no es como antes” no cae del cielo: se fabrica con abandono, con mala gestión y con decisiones que parecen pequeñas… pero que tienen consecuencias enormes.

 

Además, cuando el ayuntamiento mete la mano en tradiciones que siempre han pertenecido al vecindario, el riesgo es claro: se cambia el sentido.

Lo que era espontáneo se vuelve rígido.

Lo que era de todos se vuelve “de alguien”. Lo que era convivencia se vuelve “programación”. Y ahí es cuando una tradición empieza a perder alma.

¿Equidad o interés en debilitar lo nuestro?

Y ahora viene lo que más me preocupa, y por eso lo digo a los ciudadanos sin rodeos:

Cartageneros, pensadlo despacio.

¿Esto es equidad? ¿Esto es gobernar para todos?

¿O es la demostración de que hay tradiciones que importan menos porque no generan el mismo rédito político, la misma foto, el mismo titular?

Cuando se deja caer un barrio histórico, cuando se permite que su entorno sea inseguro y degradado, cuando se le resta atención a lo que es cultura popular… y, encima, se programan mal las festividades para que compitan entre ellas, el resultado es uno: se debilita el patrimonio vivo.

Y una ciudad sin patrimonio vivo, sin costumbres, sin rituales compartidos, es una ciudad que acaba viviendo de fachada.

Mucha piedra bonita para el visitante y poca dignidad para el vecino.

Lo que debemos exigir.

No hace falta inventar nada. Solo hace falta hacer lo que se debe:

Rehabilitación y mantenimiento real del barrio de San Antón.

Seguridad, limpieza y alumbrado como mínimos de dignidad.

Respeto y coordinación en el calendario de fiestas tradicionales.

Escucha activa a asociaciones vecinales, no intervención para controlar.

Apoyo a la cultura popular con la misma seriedad con la que se apoya lo mediático.

Porque esto no va de pulpo o pelotas galileas.

Va de algo mucho más serio: va de Cartagena y su alma.

Reflexión final para los ciudadanos.

Si hoy nos hacen elegir entre una tradición y otra, mañana nos harán elegir entre barrios.

Y pasado, entre quién merece ser cuidado y quién no.

Por eso, yo os pido una reflexión:

¿Queremos un municipio que cuide por igual lo que somos, lo que hemos heredado, lo que nos une?

¿O vamos a normalizar que nuestras tradiciones se consuman como velas, debilitándose hasta apagarse, mientras se encienden focos para lo superficial?

La cultura no se improvisa. La tradición no se compra.

Se cuida. Se respeta. Se coordina. Se protege.

Y si no lo hace quien gobierna… tendrá que recordárselo el pueblo

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de dondecomemosct.es

(Visited 2 times, 2 visits today)
José Antonio Martínez Pérez
José Antonio Martínez Pérez
La voz viva de Cartagena y su Comarca, que convierte la historia y el sentir de su tierra en arte y palabra.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Transporte cómodo y barato a Cartagena.
Publicidad
Publicidad
Publicidad

 

 

 

Síguenos
en redes

3,663FansMe gusta
2,804SeguidoresSeguir
1,499SeguidoresSeguir
53SuscriptoresSuscribirte
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad

La viñeta semanal

Transporte cómodo y barato a Cartagena.

Noticias

Restaurantes

Hamburguesería CIRCO

Bodega Hermanos Velasco

Taberna La Tienda de Solita