Cartagena ha encontrado en su pasado una forma brillante de iluminar su presente. Este fin de semana, las calles del centro histórico se transformaron en un escenario vivo donde el tiempo pareció detenerse. La ciudad, envuelta en elegancia y memoria, se dejó llevar por el pulso de una época que marcó su identidad: el modernismo.
El sábado, la iniciativa Un paseo en el tiempo convirtió el corazón urbano en una auténtica pasarela de comienzos del siglo XX. Desde la plaza del Ayuntamiento, el desfile fue avanzando entre miradas curiosas y sonrisas cómplices, con la participación de asociaciones modernistas locales y de otras ciudades invitadas. Los trajes, cuidadosamente elaborados, hablaban por sí solos: sombreros de ala ancha, vestidos vaporosos, trajes de corte impecable y detalles que evocaban una Cartagena en pleno auge, impulsada por la riqueza minera y la actividad portuaria.
No faltaron los carruajes ni los vehículos de época, que aportaron una dimensión aún más realista a este viaje histórico. Incluso la figura de Alfonso XIII hizo acto de presencia, recordando el vínculo de la monarquía con una ciudad que en aquellos años respiraba progreso, arte y sofisticación.
El recorrido atravesó algunas de las arterias más emblemáticas del casco histórico, desde la calle Mayor hasta Puerta de Murcia, pasando por Santa Florentina o la plaza Juan XXIII, en un itinerario que no solo conectó espacios, sino también emociones. La jornada culminó con Clandestina, una sugerente “fiesta prohibida” organizada por La Bernalina en las inmediaciones del Palacio Consistorial. Allí, el cuplé —ese género irreverente y seductor— volvió a cobrar vida, envolviendo la noche en un aire de misterio y nostalgia.
Pero el modernismo no se limitó a un solo día. Durante todo el fin de semana, Cartagena desplegó una programación que invitaba a redescubrir su patrimonio desde nuevas miradas. Las visitas guiadas, como la Ruta Beltrí, ofrecieron una lectura arquitectónica del esplendor de la ciudad, mientras que las teatralizaciones en espacios como el Palacio Aguirre o el Cementerio de los Remedios añadieron una dimensión emocional y narrativa a la experiencia.
La fotografía también encontró su lugar con el I Maratón Fotográfico “Urbs Cartago”, reuniendo a participantes que supieron capturar la esencia de una ciudad que, por unas horas, se convirtió en escenario y protagonista.
El programa Cartagena Modernista, impulsado por el Ayuntamiento, no se detiene aquí. Durante las próximas semanas, la ciudad continuará abriendo ventanas a su pasado con exposiciones y actividades que se prolongarán hasta mayo. Espacios como la Fundación Cajamurcia en el Palacio Pedreño o el Museo del Teatro Romano de Cartagena acogen muestras que profundizan en el legado artístico y social de la época, desde enclaves emblemáticos como el Huerto de las Bolas hasta objetos cotidianos que hablan de otra forma de vivir.
En paralelo, centros educativos, barrios y diputaciones se suman a esta mirada compartida con propuestas que buscan acercar el modernismo a nuevas generaciones, demostrando que la historia no solo se conserva, sino que también se vive.
Cartagena ha logrado, una vez más, que su pasado no sea un recuerdo lejano, sino una experiencia tangible. Un fin de semana ha bastado para confirmar que la ciudad no solo honra su historia, sino que sabe convertirla en un motor cultural capaz de emocionar, sorprender y reunir a quienes la habitan y la visitan.











