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Cartagena castigada por luchar contra el centralismo

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En Cartagena, el 6 de enero no es solo el día en que llegan los Reyes. Es también una fecha herida. Una de esas que no necesitan monumentos grandilocuentes porque viven en la memoria más íntima de la ciudad, en el rumor que pasa de generación en generación como una advertencia y como un juramento.

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A las once de la mañana del 6 de enero de 1874, en plena Guerra Cantonal, estalló el Parque de Artillería. No fue una explosión cualquiera. Fue una devastación absoluta. Allí se habían refugiado cientos de civiles —mujeres, ancianos, niños— buscando protección frente al bombardeo implacable que desde semanas atrás castigaba la ciudad. Cartagena llevaba días, meses, cercada por tierra y por mar, sometida a un castigo que no distinguía entre fortaleza y vivienda, entre batería y escuela, entre objetivo militar y vida inocente.

Cuando el polvorín saltó por los aires, el estruendo se oyó en toda la ciudad y más allá. El suelo tembló. Los muros se abrieron. Los cuerpos desaparecieron bajo una nube de fuego, hierro y piedra. Murieron cientos de personas. No combatientes. No soldados. Civiles que solo intentaban sobrevivir. El número exacto se diluye entre cifras, pero el dolor no entiende de estadísticas: fue una matanza.

Nunca se supo con certeza qué provocó la explosión. Un proyectil enemigo. Un accidente. Un cúmulo fatal de pólvora, miedo y asedio. Pero, en el fondo, la causa última estaba clara: una ciudad castigada hasta el límite por atreverse a sostener una idea incómoda para el poder.

Porque Cartagena, durante el Cantón, no se levantó por capricho ni por desorden, como tantas veces se ha querido contar. Se levantó por una aspiración profunda de libertad, por la defensa de un modelo más justo, más cercano, más humano: una España federal frente a un centralismo que ya entonces asfixiaba territorios, voces y realidades diversas. Cartagena fue castigada no solo por resistir militarmente, sino por simbolizar una España que no debía existir.

El bombardeo fue feroz. Más de veintisiete mil proyectiles cayeron sobre la ciudad. Casas destrozadas, iglesias dañadas, hospitales desbordados, hambre, miedo constante. Y, aun así, Cartagena aguantó. Aguantó hasta que la tragedia del 6 de enero marcó un antes y un después. Porque aquel día no explotó solo un parque de artillería: explotó la conciencia de que, en las guerras decididas desde lejos, los que siempre pagan son los mismos.

Durante mucho tiempo, aquel horror quedó sepultado bajo el silencio. No convenía recordar que el Estado había bombardeado una ciudad española hasta convertirla en ruinas. No convenía recordar que murieron niños bajo las bombas. No convenía recordar que la represión no fue solo política, sino humana. Pero la memoria, como Cartagena, es terca. Y acaba regresando.

Hoy, siglo y medio después, la herida sigue abierta. No sangra como entonces, pero duele de otra manera. Porque muchos cartageneros sienten que el castigo no terminó del todo. Que el centralismo sigue teniendo otros nombres, otros despachos, otras formas más pulcras, pero el mismo efecto: aislamiento, falta de inversiones, infraestructuras que no llegan, proyectos que se eternizan, futuro que se aplaza. Una ciudad histórica, milenaria, tratada demasiadas veces como periferia prescindible.

Y sin embargo, Cartagena sigue aquí.

Habitada desde tiempos remotos, forjada por fenicios, cartagineses, romanos, bizantinos, árabes y castellanos. Puerto estratégico, ciudad obrera, enclave militar, cuna industrial, cruce de caminos y de culturas. Cartagena ha sido destruida muchas veces y muchas veces se ha vuelto a levantar. Jamás la vencieron del todo.

Por eso el 6 de enero no es solo un día de luto. Es también un día de afirmación. De recordar a quienes murieron sin culpa. De decir que su sacrificio no fue en vano. De afirmar que esta ciudad luchó por la libertad cuando hacerlo costaba la vida. Y de proclamar, con la serenidad de quien conoce su historia, que podrán marginarnos, olvidarnos o retrasarnos, pero nunca borrarnos.

Porque Cartagena no se rinde.

Porque nunca lo ha hecho.

Y porque, como entonces, jamás podrán vencernos.

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Carmelo Peralta
Carmelo Peraltahttps://www.dondecomemosct.es
Carmelo es cofundador de ¿Dónde Comemos? Cartagena y responsable del seguimiento de nuevas aperturas de locales en Cartagena y su comarca. Está especializado en información local y actualidad sobre la actividad comercial y hostelera del territorio.
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