El pulso de Cartagena vuelve a latir al ritmo del mar, y esta vez lo hace con el sonido discreto de las manos que crean, moldean y dan forma a lo auténtico. Este martes 17 de marzo, la terminal de cruceros ha sido escenario no solo de una inauguración, sino de una declaración de intenciones: la ciudad quiere que cada visitante que llegue por mar se lleve algo más que una fotografía.
La concejal de Comercio, Belén Romero, junto a la jefa de desarrollo de negocio de la Autoridad Portuaria, Hortensia Sánchez, ha dado el pistoletazo de salida a Portuarte, un mercadillo artesanal que nace con vocación de permanencia y con una previsión que habla por sí sola: abrirá más de 200 días al año, coincidiendo con la llegada de cruceros.
No es un gesto menor. En una ciudad que ha aprendido a mirar al turismo como aliado, la iniciativa supone un paso más allá: conectar directamente al visitante con el tejido comercial local. No se trata solo de vender, sino de mostrar. De enseñar que detrás de cada pieza hay historia, dedicación y una identidad que no se encuentra en serie.
Romero lo explicaba con claridad, subrayando el compromiso del gobierno municipal con el comercio de proximidad, un motor que, además, empuja a otros sectores como la hostelería. Porque cuando el visitante se detiene, mira y compra, también se queda, consume y descubre.
Sobre las mesas de Portuarte no hay productos impersonales. Hay artesanía en su sentido más puro. Piezas únicas, cuidadas al detalle, hechas —como señalaba la edil— “con la mano y con el corazón”. Una frase que resume bien el espíritu de este espacio: ofrecer algo irrepetible en un mundo cada vez más uniforme.
Desde la Autoridad Portuaria, Hortensia Sánchez ponía el acento en la experiencia del visitante. No basta con llegar a un destino; hay que vivirlo. Y en ese camino, este mercadillo se presenta como un valor añadido, una forma de enriquecer la escala de los cruceristas y de dejar una huella más profunda en su paso por la ciudad.
Así, Cartagena convierte cada atraque en una oportunidad. Una puerta abierta no solo a sus calles, sino también a sus creadores. Porque en cada objeto que se lleve un turista habrá algo más que un recuerdo: irá también un pedazo de la ciudad.












