El FC Cartagena vive uno de los momentos más delicados de su historia reciente. Así lo dejó claro su presidente, Alejandro, en una comparecencia extensa y marcada por la crudeza de los números y la urgencia del día a día. El dirigente reconoció que la deuda global del club asciende a 13,7 millones de euros según la auditoría a 30 de junio, una cifra muy superior a los 3,5 millones que inicialmente se habían trasladado y que incluye compromisos como el acuerdo con CVC, cuya devolución quedaría condicionada a un eventual regreso al fútbol profesional.
Más allá de la fotografía contable, el presidente insistió en que la realidad que se han encontrado es la de un presupuesto ampliamente deficitario, diseñado bajo parámetros de fútbol profesional que no se ajustan a la categoría actual. “El club tiene una estructura de fútbol profesional en una categoría que no lo es”, vino a resumir, señalando que esa falta de adaptación tras el descenso es el origen de buena parte de los problemas financieros que hoy afloran.
Desde su llegada, hace apenas mes y medio, el nuevo equipo gestor ha tenido que afrontar pagos urgentes que no correspondían a su etapa, como la nómina pendiente de diciembre, además de regularizar salarios de empleados y jugadores. Según explicó, las mensualidades recientes han quedado prácticamente al día y el objetivo inmediato es garantizar la estabilidad hasta junio. Para ello, trabajan en aumentar ingresos, reducir gastos y, si es necesario, recurrir a aportaciones directas del máximo accionista, que aseguró estar dispuesto a asumir ese esfuerzo.
La auditoría refleja también deudas heredadas de ejercicios anteriores, algunas ya compensadas mediante mecanismos como la ayuda al descenso, que en lugar de ingresar en el club se destinó a cubrir impagos acumulados. Ese efecto contable explica parte de la diferencia entre las cifras conocidas públicamente y el montante total auditado. Aun así, la sensación que trasladó la directiva es que cada día aparecen nuevos compromisos pendientes, lo que dificulta trazar un plan definitivo sin antes tener una radiografía completa.
Uno de los focos de preocupación es la fundación y la cantera. Los actuales gestores admiten retrasos en los pagos vinculados a esta área, aunque los atribuyen a un bloqueo administrativo derivado del traspaso de patronos y a la falta de acceso a determinadas cuentas. Confían en normalizar la situación en los próximos días y recalcan que los ingresos asociados a la formación tampoco se están percibiendo con normalidad, lo que agrava la tensión de tesorería.
En paralelo, el club estudia decisiones estratégicas que afectan a su estructura de gastos, como el arrendamiento financiero del centro de entrenamiento en La Manga Club, cuyo coste mensual —en torno a 10.000 euros— resulta desproporcionado para un equipo de Primera Federación. La reflexión no es solo económica, sino también de modelo: el Cartagena debe redefinir su dimensión si quiere sobrevivir en el nuevo escenario.
Alejandro defendió además su autonomía al frente de la entidad, negando la existencia de inversores ocultos y asegurando que, aunque está abierto a escuchar propuestas, actualmente afronta la responsabilidad en solitario. Eso sí, lanzó un mensaje directo al empresariado cartagenero, al que pidió implicación activa. Agradeció el respaldo de algunas firmas que ya han regresado, pero reconoció cierta decepción por la falta de apoyo más contundente en un momento que calificó de decisivo.
El presidente asume que la situación no se resolverá con parches diarios y que el club necesita un plan global que ordene de una vez por todas sus compromisos económicos y su estructura interna. Mientras tanto, el Cartagena transita entre la urgencia financiera y la esperanza deportiva, sabiendo que cada victoria en el césped puede aliviar la presión, pero que la verdadera batalla se libra en los despachos.












