La abuela del mar

La abuela del mar

11 de agosto de 2022 0 Por Yolanda

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¿Dónde Comemos? Cartagena. Me encanta esta web. La descubrí por casualidad hace años y ahora no hay semana que no me pasee por ella. Me gusta estar al día de los nuevos locales, enterarme de los secretos de los viejos y leer recetas tradicionales en verso. Lo tiene todo.

He de reconocer que, cuando la encontré, mientras buscaba aburrida un lugar diferente al que ir a cenar, lo que llamó poderosamente mi atención fue su nombre: ¿Dónde comemos? A mi memoria llegó veloz una historia, la de la Abuela del Mar.

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Hace tiempo me contaron, que en la Algameca Chica, en una casita salpicada por el mar, vivía una anciana. Era tan mayor que algunos decían que tenía más de cien años y que su casa había sido la primera en construirse en la Algameca. Otros, con más imaginación o menos juicio, como se quiera ver, aseguraban que era el espíritu de la viuda de un pescador, que esperaba paciente a que el mar le devolviera su amor. Tenía el pelo blanco y rizado como la espuma de las olas; y sus ojos eran de una azul tan transparente que, si te asomabas a ellos, parecía que ibas a ver su alma. Entre los niños de la zona se había extendido la creencia de que, si los mirabas fijamente durante mucho rato, te convertías en una estatua de sal. La llamaban la abuela del mar.

 

Todos los días, durante la mañana y buena parte de la tarde, la abuela del mar se sentaba en su porche y arreglaba una vieja red de pescar. Cuando terminaba, se metía en su pequeña casita salpicada por el mar, y se ponía a cocinar. Al entrar la noche, la anciana, sacaba al porche un viejo puchero y lo ponía sobre una gran mesa. El aroma de su comida invadía toda la Algameca. Se coloca por ventanas, puertas, rendijas y cerraduras. Era como si la brisa marina lo llevara de la mano y lo condujera traviesa por todos los rincones, consiguiendo que todos los habitantes de la zona respiraran el buen hacer de su comida.

Los niños enseguida corrían hacia la casita salpicada por el mar y rodeaban la gran mesa. En ese momento del día no importaba si la anciana era un fantasma o sus ojos tenían poderes sobrehumanos. Los sabores que se adivinaban en el aire eran más poderosos. Y siempre, antes de que la abuela del mar metiera el cucharón en el humeante puchero, los niños repetían al unísono la misma frase ¿Dónde comemos?

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La pregunta puede parecer extraña, sobre todo teniendo en cuenta que siempre disfrutaban de la comida en la gran mesa del porche de la casita salpicada por el mar. Sin embargo, tenía todo el sentido. Cada tarde, la abuela del mar, cocinaba algo diferente. Eran comidas que hacían a los niños viajar por tierras lejanas. A veces los sabores los llevaban a Túnez, con buen comino, alcaparras y un toque de limón. Otras veces se trasladan a Grecia, donde el eneldo y el orégano jugaban con el yogur. Había días que pasaban por diferentes lugares de Italia y descubrían la potencia de los salazones y su buen entendimiento con el aceite y tomate. Y así un día tras otro.

 

Una tarde la abuela los llevó a islas de pescadores y piratas. Los niños apuran ansiosos las últimas cucharadas de su plato y ella comienza a guardar los utensilios con las que todos los días arregla su red.

Un niño se acerca y la mira directamente a los ojos. Su curiosidad es más grande que su miedo. La comida de piratas le ha infundido valor: – ¿Por qué tejes siempre una red que nunca utilizas? – pregunta expectante

La brisa aguanta la respiración y la pregunta flota en el aire durante unos instantes. En los ojos de la anciana, cansados y sabios, comienza a verse el mismo brillo que tiene la sal en la roca cuando las olas dejan de abrazarla. Los labios de la abuela se llenan de ternura y dejan salir una voz que recuerda el sonido del agua cuando la intentas coger con la mano:-Tenemos la suerte de vivir en una ciudad milenaria, a la que han llegado culturas diferentes arrastradas por las olas. Pueblos conquistadores, comerciantes, guerreros y aventureros. Pueblos que han escrito nuestra historia y de los que el mar guarda celoso tesoros y secretos. Todas las noches cojo mi vieja red y la echo a ese mismo mar. Fondea hasta poco antes del amanecer. Justo antes de que el sol abra sus ojos, recojo la red, la acaricio con mis manos y arreglo sus heridas. Ella, agradecida, deja que mis dedos lean lo que el mar le cuenta. Mis ojos ven las letras que mis manos tocan, enredadas en la vieja red. Forman recetas, con ingredientes y pasos. Son los sabores de esos pueblos, son los sabores de nuestro pasado. Memorizo cada elaboración y la vuelvo a coser ordenada en la red para que no se olvide. Luego voy a mi vieja cocina y cojo mi puchero. Debo ser fiel a la receta porque con ella os transmito nuestra identidad.

 

El niño la mira asombrado y la abraza. Hasta ahora no se había dado cuenta de lo pequeñita que era. Cierra los ojos y siente la sal de su vestido. El pelo de la anciana toca su mejilla y el frescor del mar lo inunda. Es como si navegara, protegido por su pasado, sobre un océano que conoce mejor que nadie. Nunca se había sentido tan seguro de sí mismo, tan fuerte.

Se despide de la abuela del mar sabiendo que ella todos los días estará ahí para responder su pregunta ¿Dónde comemos?

 

Me alegró mucho que la web ¿Dónde comemos? Cartagena rescatara de mi memoria este relato, porque con él vino el momento en que lo escuché. Fue en la Algameca Chica, de boca de un anciano con mirada de niño y en el porche de una casita salpicada por el mar.

 



 


 

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