En el mar, como en la vida, no siempre gana quien más ruido hace. A veces basta con alterar lo que el otro cree ver. Eso fue lo que ocurrió a finales de noviembre en las maniobras Marboran-25, cuando los sistemas de identificación de buques detectaron hasta dieciséis barcos que no existían. Una flota fantasma navegando frente a Cartagena, con rumbos imposibles, velocidades creíbles y trayectorias diseñadas para provocar alarmas. Nada era real, salvo el riesgo que simulaba.
Detrás de ese ejercicio estaba el trabajo de investigación de Guillermo Hoyos, teniente de navío destinado en el submarino S-81 Isaac Peral y doctorando en la Universidad Politécnica de Cartagena. Su tesis doctoral, desarrollada en colaboración con la Armada y con apoyo de la Universidad de Murcia, se centra en una de las grandes debilidades del mundo marítimo contemporáneo: la confianza casi ciega en los sistemas de navegación y de identificación automática de buques.
El AIS, utilizado globalmente para conocer la posición y el rumbo de las embarcaciones, carece en muchos casos de mecanismos de verificación robustos. Esa fragilidad es el punto de partida de una investigación que no busca solo detectar el engaño, sino aprender a utilizarlo. Durante las maniobras, las herramientas desarrolladas por Hoyos permitieron introducir señales falsas que mostraban barcos inexistentes e incluso situaciones de riesgo de colisión, poniendo a prueba los sistemas de alerta convencionales.
No se trató de un simple juego tecnológico. También se ensayaron perturbaciones que afectaron a equipos de navegación civil, comunicaciones por radio y servicios satelitales. El resultado fue revelador: mientras los sistemas no preparados se veían confundidos, los equipos militares adaptados a esta nueva forma de enfrentamiento supieron identificar el ataque y responder a él. Una lección práctica sobre cómo será la guerra naval del presente, no del futuro.
El fenómeno no es aislado. El uso de señales falsas para distorsionar la información de navegación, conocido como spoofing, se ha convertido desde 2024 en un patrón cada vez más frecuente a escala global, con impacto directo en la gestión del tráfico marítimo. La tesis de Hoyos aborda este problema desde un enfoque doble: crear capacidad ofensiva en guerra electrónica y, al mismo tiempo, desarrollar criterios y herramientas para defenderse de esos mismos engaños.
Entre los desarrollos probados se encuentra un transceptor capaz de falsear señales GPS, la simulación de trayectorias inexistentes y el uso de drones de superficie para emitir ubicaciones erróneas de buques. A ello se suma un software diseñado para multiplicar estas señales falsas hasta saturar los sistemas AIS y volverlos inútiles para la toma de decisiones.
La conclusión del investigador es tan sencilla como inquietante: hoy se puede perturbar gravemente a un adversario sin lanzar un solo misil, solo manipulando la información que recibe. En ese terreno, la dimensión cibernética y la cognitiva pesan tanto como el acero y la pólvora.
Cartagena, una vez más, se sitúa en el centro de esa frontera invisible donde la ingeniería, la universidad y la Armada se dan la mano. Porque en la guerra moderna, como demostró aquella flota fantasma, no todo lo que aparece en el radar existe… pero puede cambiarlo todo.









