El Mercado de Santa Florentina ya no suena como antes. Donde durante décadas se mezclaban las voces de los vendedores, el trajín de bolsas, el olor a pescado fresco y el bullicio de una ciudad que hacía la compra sin prisas, hoy hay persianas bajadas, pasillos con eco y una sensación incómoda de que algo se está perdiendo poco a poco.
No es solo una cuestión de nostalgia. Es un síntoma de cómo ha cambiado la vida.
Durante generaciones, la rutina de compra giraba en torno a mercados como el de Santa Florentina. Eran el corazón del abastecimiento diario: producto fresco, trato cercano y precios ajustados. Pero el modelo de familia ha cambiado a una velocidad vertiginosa. Hoy, en la mayoría de los hogares, trabajan tanto hombres como mujeres para poder llegar con cierta tranquilidad a final de mes. Las mañanas ya no son tiempo disponible para hacer la compra con calma: son horas de oficina, turnos, desplazamientos y conciliación imposible.
Y el mercado sigue abriendo solo por la mañana.
Mientras tanto, los supermercados ofrecen justo lo contrario: horarios ininterrumpidos, compra rápida, pasillos amplios y la posibilidad de entrar, llenar el carrito y pagar casi sin cruzar una palabra. Las nuevas generaciones han crecido con esa comodidad. Para muchos jóvenes, hacer la compra no es una experiencia social, sino una tarea que debe resolverse en el menor tiempo posible.
El resultado es evidente: el mercado ha quedado como espacio para personas jubiladas, clientes fieles de toda la vida y trabajadores con turnos que les permiten acudir entre semana por la mañana. Pero ese público ya no es suficiente para sostener decenas de puestos.
Paradójicamente, comprar en Santa Florentina sigue siendo más barato que en muchas grandes superficies y la calidad es incuestionable, especialmente en el pescado, donde la diferencia es abismal. Pocas experiencias resultan tan satisfactorias como elegir el género en la pescadería y saber que esa misma mañana llegará fresco a la mesa. Es un lujo cotidiano que, sin embargo, cada vez menos gente disfruta.
Ante esta situación, surge la gran pregunta: ¿debe adaptarse el mercado a los nuevos tiempos?
Ampliar el horario parece una medida lógica. Las tardes concentran a miles de personas que salen del trabajo y que sí podrían acercarse a comprar si encontraran el mercado abierto. Adaptarse al ritmo de la ciudad sería una forma de reconectar con generaciones que hoy simplemente no pueden acudir por incompatibilidad horaria.
Pero el debate no se queda ahí.
Actualmente hay un proyecto en marcha que plantea transformar muchos de los puestos en espacios de degustación, impulsando un modelo de mercado gastronómico. La idea busca atraer público a través de la experiencia culinaria, convertir la compra en ocio y dinamizar el recinto. De hecho, ya es posible degustar productos mientras se toma un vino o un quinto, e incluso consumir en el bar aquello que se acaba de comprar en los puestos. Comer un pescado recién adquirido en la plaza, preparado al momento y a un precio casi irrisorio, es una experiencia difícil de igualar.
El riesgo es evidente: si el modelo funciona, los espacios de restauración podrían ir desplazando a los puestos tradicionales y el mercado perdería su función original como centro de abastecimiento para convertirse, poco a poco, en un espacio más orientado al turismo y al ocio gastronómico.
Y entonces dejaría de ser “la plaza” de siempre.
Lo cierto es que algo necesita cambiar. Aquellos tiempos en los que un solo sueldo sostenía un hogar quedaron atrás. El euro, las sucesivas crisis económicas, la pandemia y los conflictos internacionales han ido reduciendo el poder adquisitivo de las familias. Gastamos más en lo esencial y cada vez cuesta más permitirnos pequeños placeres. Tomar una cerveza con una tapa se ha convertido en un capricho que muchos miran dos veces antes de concederse.
En ese contexto, mantener un mercado tradicional exige imaginación y decisiones valientes.
El problema no es exclusivo de Santa Florentina. El Mercado del Cenit atraviesa una situación similar, con cada vez menos puestos abiertos pese a encontrarse en pleno Ensanche, rodeado de una alta densidad de población. Resulta paradójico: potenciales clientes hay, pero no terminan de acudir.
La ciudad ya perdió el mercado de la calle Gisbert, históricamente ligado a la venta de pescado. La falta de aparcamiento y la despoblación progresiva de esa zona del centro fueron factores determinantes en su desaparición. Un recordatorio de que, cuando un mercado entra en decadencia, revertir la situación se vuelve cada vez más difícil.
En contraste, los mercadillos ambulantes mantienen una salud razonable. Su carácter itinerante y su cercanía a los barrios los hacen más accesibles para muchos vecinos.
Los lunes, el mercadillo de Barrio Peral —actualmente ubicado en Los Barreros— reúne puestos de fruta, ropa y plantas.
Los miércoles, el mercadillo de Cartagena se instala en el aparcamiento del Cenit, siendo el más céntrico y uno de los más concurridos, especialmente en ropa.
Los jueves, el mercadillo de Los Dolores ofrece un gran número de puestos y variedad de productos.
Los viernes, la Urbanización Mediterráneo acoge otro mercadillo muy popular con fruta, verdura, ropa y calzado.
Y los domingos, el mercadillo de San Cristóbal – El Bohío, más pequeño, se convierte en una opción ideal para comprar fruta y verdura con la ventaja añadida de celebrarse en jornada festiva.
Hay muchos más repartidos por el municipio, pero estos reflejan bien la realidad: el comercio ambulante sigue funcionando porque se acerca al cliente, se integra en su rutina y no exige grandes desplazamientos ni horarios rígidos.
Mientras tanto, en Santa Florentina hay días en los que los pasillos se quedan casi vacíos, especialmente los lunes, cuando la ausencia de puestos de pescado reduce aún más el atractivo de la visita.
Quizá el futuro del mercado pase por combinar tradición y modernidad sin renunciar a su esencia: ampliar horarios, facilitar el acceso, promover campañas que destaquen su calidad y precio, integrar espacios gastronómicos sin desplazar a los vendedores de siempre y convertir la experiencia de compra en algo atractivo también para jóvenes y familias trabajadoras.
Porque un mercado no es solo un lugar donde comprar. Es identidad, es barrio, es memoria colectiva.
Cartagena no puede permitirse perder otro pedazo de su historia cotidiana.
¿Y tú qué opinas? ¿Cómo crees que se podría reflotar la plaza y devolverle la vida que merece? Te leemos en comentarios.













