Hay tragedias que pertenecen a los libros de historia y otras que siguen latiendo, invisibles, en la piel de quienes las sobreviven. Chernóbil es una de ellas. No es solo el nombre de una central nuclear ni la fecha grabada en abril de 1986; es el silencio de pueblos evacuados, el eco de una infancia interrumpida y la sombra persistente de una radiación que no se ve, pero que condiciona vidas enteras. Esa dimensión íntima, humana y profundamente conmovedora es la que ocupa ahora las paredes de la sala Dora Catarineu de Cartagena gracias a la mirada de la fotógrafa Quintina Valero.
Su exposición, Vida después de Chernóbil, forma parte de la primera edición de FotoFest Cartagena, la bienal de fotografía impulsada por el Ayuntamiento, y podrá visitarse gratuitamente hasta el próximo 12 de abril, al igual que el resto de propuestas del certamen. La muestra invita a adentrarse en las consecuencias de uno de los mayores desastres medioambientales del planeta, cuya magnitud —con una liberación de material radiactivo 500 veces superior a la bomba de Hiroshima— sigue siendo objeto de debate cuatro décadas después.
Ucrania quedó marcada por la emigración forzada, la enfermedad, la muerte y el miedo. Se estableció una zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la central y más de 600.000 personas resultaron afectadas. Sin embargo, más allá de las cifras, lo que Valero ha querido retratar es el impacto cotidiano de esa herida: la pobreza enquistada, los paisajes desolados y las familias que aprendieron a convivir con lo invisible.
La fotógrafa, natural de Calasparra, construyó este proyecto a lo largo de varios viajes a Ucrania. Primero accedió a la zona acompañando a una ONG alemana y a una asociación ucraniana que trabaja con víctimas de Chernóbil. En aquel primer desplazamiento no tomó imágenes; necesitaba conocer, escuchar, comprender. Después regresó con una periodista y durante dos semanas visitaron a determinadas familias en las que Valero había descubierto una historia que merecía ser contada. Su intención era captar el impacto de la radiación, esa amenaza intangible que no se huele ni se toca, pero que sigue presente en el miedo y en las consecuencias físicas y sociales que arrastra.
La exposición cobra además un significado especial en el 40 aniversario del accidente. No se trata solo de una colección de fotografías, sino de un proyecto que ha ido creciendo con aportaciones musicales y poéticas, ampliando así el relato visual hacia una experiencia más sensorial y reflexiva. Valero reconoce que le gustaría regresar a la zona, aunque mantener el contacto con las personas retratadas no ha sido sencillo con el paso del tiempo y las circunstancias que atraviesa el país.
Para la artista, esta cita tiene también un componente emocional añadido: es la primera vez que expone en Cartagena. Tras casi dos décadas viviendo en Londres y cuatro años después de su regreso, formar parte de FotoFest junto a compañeros a los que admira supone, en sus propias palabras, una oportunidad brillante y motivo de profunda alegría.
La sala Dora Catarineu abre de martes a viernes de 10:00 a 13:30 y de 17:00 a 19:30 horas, y los fines de semana de 10:00 a 14:00 horas, permitiendo a cartageneros y visitantes acercarse a una realidad que, aunque geográficamente lejana, interpela a Europa entera.
FotoFest Cartagena 2026 reúne en su primera edición trece exposiciones distribuidas por los principales espacios expositivos de la ciudad y una muestra urbana en las calles del centro. El cartel lo integran nombres como Carmenchu Alemán, Antonio González Caro, Julio López Saguar, Sasha Asensio, Fátima Ruíz, Nuria López Torres, Miguel Bergasa Larumbe y la propia Quintina Valero, además de rendir homenaje al maestro Josep Maria Ribas Prous por su trayectoria y compromiso con la fotografía española.
La bienal se completa con actividades paralelas, como la mesa redonda “Mirada femenina y fotografía”, prevista para este viernes 20 de febrero a las 19:00 horas en el Palacio Pedreño, con entrada libre hasta completar aforo. Organizado por el Ayuntamiento de Cartagena y con el patrocinio del Gobierno Regional de Murcia a través del Instituto de las Industrias Culturales, el certamen cuenta también con la colaboración del MURAM, la Fundación Cajamurcia y la Fundación Teatro Romano.
En un tiempo saturado de imágenes fugaces, la propuesta de Quintina Valero detiene la mirada y obliga a escuchar lo que no se ve. Porque Chernóbil no terminó con la explosión; continúa en cada historia que resiste, en cada familia que permanece y en cada fotografía que devuelve humanidad a una tragedia que nunca fue solo estadística.











