sábado, enero 17, 2026

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Cartagena desde lo alto: relato a caballo sobre una ciudad que merece futuro.

Una mirada desde la altura para reivindicar dignidad, ambición y justicia para una ciudad abierta al mar y al mundo

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Voy a caballo, subiendo por la montaña de Cartagena, cerca del Calvario, con el castillo de San Julián vigilando desde su altura.

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El camino cruje bajo las herraduras, y yo dejo que el paso sea firme, sin prisa, porque hoy no vengo a correr: vengo a mirar. Vengo a hablar. Vengo a decir cosas que a veces se dicen bajito, pero que yo ya no quiero decir bajito.

Y cuando se abre la vista… ahí está. La bahía de Cartagena, enorme, limpia, con el puerto extendido como una mano tendida al mundo. La ciudad abajo abocada al mar, con esa manera suya de estar siempre mirando hacia fuera, como si supiera que su destino no cabe solo en lo de dentro.

—Mírala, compañero —le digo a mi caballo, acercándome a su oreja—. Mira lo que tenemos. Esto no es solo paisaje. Esto es una oportunidad histórica. Esto es una ciudad que nació para ser puerta.

Le acaricio el cuello y él resopla, como si me respondiera. Y yo sigo, porque desde aquí arriba se entiende mejor la grandeza… y también se entiende mejor la injusticia.

Cartagena tiene miles de años. Miles.

Ha visto pasar civilizaciones, ha sido cuna y frontera, puerto y escudo, taller y casa, mezcla y cultura.

Cartagena no se inventa: Cartagena se hereda. Se pisa. Se respira. Se escucha.

Y, sin embargo, hoy en día, no se la trata como merece.

No se la recompensa por todo lo que ha aportado. No se le devuelve, con hechos, lo que ha dado durante siglos.

Y no es una impresión.

No es un enfado de un día.

Es una manera de funcionar que se ha ido haciendo costumbre: el centralismo murciano.

Esa idea de que el centro decide y los demás esperan, de que unos crecen y otros se contienen, de que Cartagena tiene que ir siempre con el freno puesto, no vaya a ser que despegue demasiado.

—Te lo explico fácil —le digo a mi caballo—. Es como si tú tuvieras fuerza para galopar y alguien, desde atrás, tirara de las riendas. No porque no puedas, sino porque no quiere que puedas.

Y yo te lo digo a ti también: eso tiene que terminar.

Porque Cartagena no es un problema para la región.

Cartagena es una solución.

Que Cartagena crezca no solo es bueno para los cartageneros.

Es bueno para toda la Comunidad Autónoma de Murcia.

Es bueno para todos.

Aquí hay puerto, industria, patrimonio, potencial turístico, cultural, universitario, logístico… y una comarca entera llana, con hambre histórica de agua y con ganas de vida, preparada para generar oportunidades como pocos sitios.

Cartagena siempre ha sido más.

Desde el principio de los principios.

Y puede ser mucho más todavía.

Pero, claro, para que una ciudad crezca de verdad no basta con que tenga potencial. Hace falta algo que parece simple y es enorme: gobernantes que miren por ella.

—Escucha, compañero —le digo, y el caballo mueve una oreja—. Cartagena necesita gobernantes que miren por sí mismos. Por la ciudad. Por los cartageneros. Por su futuro. Que pongan en valor la fuerza de esta tierra y de toda su comarca

Y lo digo así, tal cual: Cartagena tiene que colaborar, tiene que participar, tiene que estar con todos, porque Cartagena siempre ha sabido estar con todos.

Pero Cartagena no puede seguir siendo servil. No puede seguir sirviendo a intereses ajenos, al ceutaismo —llámalo como quieras—, a esa actitud de estar siempre a las órdenes de otros, de pedir permiso, de agachar la cabeza, de conformarse con lo que le echen.

No.

Cartagena no está para servir a nadie. Cartagena está para servir a los intereses generales, a los de todos… y también, por supuesto, a los suyos.

Porque defender lo propio con dignidad no es egoísmo: es responsabilidad.

Es equilibrio. Es justicia.

Seguimos avanzando y el viento me trae olor a sal. Yo miro otra vez la bahía, y se me enciende por dentro una mezcla de orgullo y de rabia contenida.

Porque, además, necesitamos gobernantes de verdad. Gobernantes que no se refugien en la mentira y en la hipocresía.

Gobernantes que no estén únicamente intentando ganar la voluntad del ciudadano a base de saraos, de fotos, de ruido, de fuegos artificiales… de cosas que, al final, no dejan en la ciudad más que titulares y deudas.

—¿Sabes lo que pasa? —le digo a mi caballo, como si estuviera hablando con un amigo de toda la vida—.

Que un sarao dura una noche.

Pero una deuda dura años.

Y un proyecto serio, una inversión de verdad, una decisión valiente… eso sí cambia una ciudad.

Yo no quiero una Cartagena entretenida.

Yo quiero una Cartagena respetada.

Yo no quiero una Cartagena maquillada para la foto.

Yo quiero una Cartagena impulsada para el futuro.

No quiero que nos vendan humo con sonrisa, mientras por debajo la ciudad sigue esperando lo que le corresponde.

Y aquí arriba, con San Julián a un lado y el Calvario cerca, se me hace todavía más evidente: lo que tenemos es demasiado grande para tratarlo pequeño.

Cartagena necesita dignidad política. Necesita ambición.

Necesita claridad.

Necesita gente al mando que no se arrodille ante inercias ni ante intereses de despacho.

Que no mire a la ciudad como un escalón para subir ellos, sino como una responsabilidad para levantarla a ella.

Yo sigo cabalgando, y cada paso de mi caballo es como un punto y seguido.

Porque esto no va de gritar por gritar.

Va de decir lo que hay y exigir lo que es justo.

Va de recordar que Cartagena es una ciudad abierta al mundo, abierta al mar, abierta a la cultura, abierta a las posibilidades.

Y que si se la deja ser, si se la impulsa, si se la apoya de verdad, Cartagena no solo crece: arrastra hacia arriba a toda la región.

—Vamos, compañero —le digo a mi caballo, apretando suave las piernas—.

Que se entienda bien.

Que se diga claro.

Que se diga fuerte.

Y mirando la bahía, con el viento dándome en la cara, lo dejo dicho como quien clava una bandera que no es contra nadie, sino a favor de algo:

Cartagena no pide privilegios. Pide justicia.

Cartagena no pide permiso. Pide respeto.

Cartagena no quiere servir a intereses ajenos.

Quiere servir al interés general… sin renunciar jamás a defender lo suyo.

Y esa, esa es la diferencia entre un pueblo que se conforma y una ciudad que recuerda quién es.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de dondecomemosct.es

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José Antonio Martínez Pérez
José Antonio Martínez Pérez
La voz viva de Cartagena y su Comarca, que convierte la historia y el sentir de su tierra en arte y palabra.

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