El reloj marcaba las doce del mediodía cuando la plaza del Ayuntamiento de Cartagena quedó envuelta en un silencio denso, de esos que pesan más que cualquier palabra. Un silencio compartido, respetuoso, profundamente humano. Así quiso la ciudad expresar su dolor y su cercanía tras el accidente ferroviario ocurrido en Adamuz, en la provincia de Córdoba, una tragedia que ha vuelto a recordarnos la fragilidad de la vida y lo imprevisible del destino.
Convocado por la alcaldesa, Noelia Arroyo, el minuto de silencio reunió a miembros de la corporación municipal, trabajadores del Ayuntamiento y autoridades civiles. No hubo discursos largos ni gestos grandilocuentes. Bastó la quietud, la mirada baja y el recogimiento colectivo para transmitir el mensaje: Cartagena estaba allí, acompañando en la distancia a las víctimas, a los heridos y a unas familias rotas por la noticia que nunca debería llegar.
En ese acto sencillo, pero cargado de significado, la regidora quiso también agradecer públicamente la labor de los servicios de emergencia, cuya respuesta rápida y generosa volvió a demostrar que, incluso en los momentos más oscuros, hay personas que se dejan la piel por salvar vidas. Palabras de reconocimiento que nacen del respeto y de la gratitud sincera hacia quienes acuden cuando todo se derrumba.
La alcaldesa trasladó, además, el deseo compartido de toda la Corporación municipal: que no haya más víctimas mortales y que quienes luchan por recuperarse puedan hacerlo cuanto antes, rodeados del apoyo médico y del calor de los suyos. Un deseo que es también el de toda una ciudad que, sin conocer los nombres ni las historias concretas, siente como propio el dolor ajeno.
Como muestra de duelo y respeto, Noelia Arroyo decidió anular toda su agenda pública prevista para este lunes 19 de enero. Un gesto coherente, sobrio, que subraya que hay días en los que la política debe detenerse y dar paso a lo esencial: la empatía, la solidaridad y el acompañamiento silencioso.
Hoy Cartagena no ha hablado alto. Hoy ha hecho lo que corresponde cuando la tragedia golpea: parar, guardar silencio y abrazar, aunque sea desde lejos, a quienes más lo necesitan. Porque hay silencios que dicen mucho más que cualquier palabra.










