Cartagena amaneció este martes 17 de febrero con esa luz limpia que solo dejan los días de viento cuando ya se han ido. Bajo un cielo despejado y con el aire convertido en aliado, el Pasacalles del Carnaval Escolar tomó el centro de la ciudad y lo llenó de risas, disfraces imposibles y una energía contagiosa que solo los más pequeños saben desplegar sin reservas.
Había expectación. El desfile, aplazado el pasado viernes por la alerta naranja por viento, se convirtió casi en una celebración doble: la del Carnaval y la del reencuentro con una fiesta que los niños aguardaban con impaciencia. Y se notaba. Desde primera hora, la plaza de Juan XIII comenzó a teñirse de color con capas brillantes, animales fantásticos, personajes de cuento y propuestas originales que hablaban del trabajo compartido en las aulas durante semanas.
El pasacalles, organizado por el Ayuntamiento de Cartagena a través del área de Educación en colaboración con la Federación de Carnaval, volvió a demostrar que el Carnaval también se escribe en clave escolar. Junto a los chavales desfilaron sus familias, miembros de la Federación y los equipos docentes de los centros participantes: Pipiripao, Hazim, Cuatro Santos, Narval, Primitiva López, Patronato Sagrado Corazón de Jesús, La Concepción, Agave International School y Antonio de Ulloa. Nueve comunidades educativas que convirtieron la mañana en un mosaico de creatividad y complicidad.
Desde Juan XIII, la comitiva avanzó por las calles del centro al ritmo de la música, entre balones gigantes que flotaban sobre las cabezas y pompas de jabón que arrancaban carreras improvisadas y carcajadas espontáneas. El recorrido fue, más que un desfile, un paseo festivo en el que cada grupo defendía su propuesta con orgullo, consciente de que el verdadero premio estaba en participar y compartir.
La llegada a la Plaza del Ayuntamiento puso el broche institucional a la jornada. A las puertas del Palacio Consistorial, la alcaldesa Noelia Arroyo recibió a los centros y entregó un diploma de participación a cada uno de ellos, además de los premios a los mejores disfraces. Un gesto simbólico que reconocía el esfuerzo colectivo y reforzaba el vínculo entre la ciudad y sus escuelas.
Pero si hubo un momento que condensó el espíritu de la mañana fue el final, cuando todos los alumnos se unieron para interpretar una coreografía de Carnaval elaborada por el centro de educación infantil Pipiripao. La plaza, convertida en escenario, vibró con un baile coral que desdibujó edades y diferencias, dejando solo el latido común de la fiesta.
Cartagena volvió a mirarse en el espejo luminoso de su infancia y se reconoció alegre, participativa y orgullosa de sus tradiciones. Porque en el Carnaval Escolar no solo desfilan disfraces; desfilan ilusiones, trabajo compartido y esa certeza de que la ciudad también se construye desde las aulas, paso a paso y al ritmo de una canción.











