Hay personas que no necesitan títulos para definir una vida, aunque acumulen muchos. Y hay ciudades que, cuando se pronuncian, se convierten en brújula. En la entrevista concedida en Ailoviu de La 7 Televisión, Tomás Martínez Pagán no habló desde el cargo, sino desde la gratitud. “Cartagena me ha dado tanto que cada vez que llaman a mi puerta la abro con las dos hojas para servirla”, confesó al inicio de una conversación que fue mucho más que un repaso biográfico: fue una declaración de amor a su tierra.
Vicepresidente de la Federación Regional de Empresarios del Metal de Murcia, presidente de la Asociación Empresarial de Mantenimiento Industrial, miembro del Consejo Asesor de la Fundación de la SEA de Levante, pregonero de la Semana Santa, hermano mayor del Resucitado, presidente en la fundación de Cartagineses y Romanos, impulsor de la defensa del Casco Histórico, columnista de ¿Dónde Comemos? Cartagena… la enumeración parecía inabarcable
Pero él restó épica al currículo. Se definió como una persona que simplemente aprovecha cada oportunidad para aportar algo, aunque sea pequeño, a la ciudad que lo acogió.
Y ahí comenzó uno de los relatos más reveladores de la entrevista. Tomás Martínez Pagán no es universitario. Viene de una familia humilde: abuelo y padre agricultores, su padre lechero de cabras en el barrio de Santa Lucía. Él mismo ayudaba a repartir leche siendo niño. Hijo único, criado entre el establo y el esfuerzo diario, guarda de esa etapa el recuerdo del sacrificio y la dignidad del trabajo. Aquella infancia no le pesó; le dio impulso. Soñaba con hacer algo distinto y estudió Delineación con ilusión. Entró en Talleres Tudela, pasó al área comercial, y más tarde dio el salto a una gran empresa cartagenera donde desarrolló durante 35 años una carrera que culminó como subdirector y socio. Después, ya en otra gran compañía industrial, ejerció como director corporativo, gestionando contratos, equipos y grandes proyectos.
Gestionar personas, explicó, es tratarlas como te gustaría que te trataran. Llegó a tener 260 trabajadores y sabía el nombre de cada uno, las circunstancias de sus familias, sus fortalezas y debilidades. Se definió como jefe, pero también como alguien que creía en el despacho privado para corregir y en el respeto para liderar. Sin equipo, dijo, un líder no es nada. Y en esa frase resumió una filosofía que ha aplicado tanto en la empresa como en la vida pública.
No todo fueron éxitos. El momento más duro de su trayectoria llegó cuando tuvo que comunicar a dos familias la muerte de trabajadores de su empresa en un accidente en un petrolero en Grecia. Aquel día, recordó, no se prepara: se sufre, se improvisa y se afronta con la entereza que exige mirar a los ojos a un padre o a una madre viuda para dar una noticia irreparable. Fue el lado más humano y más crudo de una carrera acostumbrada a grandes obras y resultados económicos.
En el otro extremo están los momentos de orgullo: cumplir plazos, ejecutar proyectos en la Expo de Sevilla o en Irlanda, cerrar trabajos complejos con éxito. Pero incluso ahí rebajó la épica del dinero. “Vivimos de él”, admitió, aunque la verdadera satisfacción —dijo— es terminar una obra bien hecha y saber que detrás hay empleo y desarrollo.
Su compromiso con Cartagena empezó a los 17 años, como presidente de la asociación de vecinos de La Media Legua. Desde entonces no ha dejado de implicarse. Recordó con especial emoción la defensa frente a la expropiación de terrenos cuando General Electric quiso implantarse en la zona de Los Camachos. Representó a los agricultores y, en sus palabras, lograron “ganar el pulso” en el buen sentido, obligando a pagar lo que correspondía. Siempre insiste en que fue un trabajo colectivo, nunca personal.
La política le ha rondado, pero nunca ha dado el paso. Le han invitado a formar parte de partidos, pero rechaza la disciplina que impide, según él, gestionar con libertad lo que considera mejor para la ciudad. “No estoy acostumbrado a hacer palmas”, afirmó con claridad. Para Tomás Martínez Pagán, la gestión está por encima de la consigna.
Si hay algo que vertebra su discurso es la Semana Santa de Cartagena. La considera lo más grande que tiene la ciudad, por tradición, rigor y disciplina. Fue hermano mayor del Resucitado durante ocho años y pregonero. También presidió en su fundación la fiesta de Cartagineses y Romanos junto a su mujer, siendo ambos los primeros personajes históricos. Se siente premiado por su ciudad y querido por sus vecinos.
En el plano personal, la entrevista dejó escenas entrañables. Conoció a su mujer con 19 años en la plaza Juan XXIII y en la mítica discoteca Acapulco. Fue un flechazo. Llevan casi medio siglo juntos. Reconoce que en casa es “un desastre” para la gestión doméstica, aunque se reivindica como excelente catador de vinos y preparador de aperitivos. Tiene un hijo, Alejandro, y dos nietos. Su hijo ha optado por una vida alejada de la exposición pública, y él lo respeta: cada cual marca su ritmo.
Se jubiló a los 65 años sin prórroga, aunque sigue como asesor puntual de varias compañías y mantiene su actividad en asociaciones empresariales y culturales. No siente vacío. El teléfono sigue sonando. Las atenciones llegan. Y él sigue implicado, ahora también en la defensa del empleo industrial ante situaciones delicadas como el conflicto de empresas estratégicas en la comarca.
Cuando habla del presente y futuro de Cartagena, su diagnóstico es claro: la ciudad ha mejorado, vive un momento turístico dulce, con cruceros y vida en el eje que une la Plaza de España con el Puerto. Pero echa en falta grúas. Detrás de cada grúa, sostiene, hay riqueza, trabajo y futuro. Reclama la rehabilitación y repoblación del casco histórico como proyecto prioritario. Sin habitantes no hay comercio, ni calles vivas, ni ciudad plena.
Y si tuviera que invitar a alguien a conocer Cartagena, lo haría con un paseo: aparcar junto al puerto, respirar el aire salino de la bahía, visitar el Museo Naval y el legado de Isaac Peral, recorrer el Teatro Romano y culminar con un arroz frente al mar. Todo a pie. Todo a escala humana.
La entrevista concluyó con un “¡Viva Cartagena!” que no sonó a consigna, sino a convicción. Tomás Martínez Pagán no se presentó como héroe ni como político frustrado. Se mostró como lo que es: un hombre que empezó ayudando a su padre a repartir leche y que, con trabajo, voluntad y un profundo sentido de pertenencia, ha dedicado su vida a devolverle a su ciudad parte de lo que siente que recibió. Y quizá ahí esté la clave: en abrir siempre las dos hojas de la puerta cuando Cartagena llama.











Restaurar y repoblar el casco viejo es de vital importancia para La Trimilenaria, España y Europa. Asombrosa la vida, desde sus orígenes hasta ahora, de Tomás Pagan. El mejor anfitrión y embajador de Cartagena.