Hay una imagen que se repite cada vez más en Cartagena: la de una persiana metálica cerrada, un cartel de “se alquila” y el recuerdo de un negocio que durante años formó parte de la vida de un barrio. El comercio local, el de toda la vida, atraviesa uno de sus momentos más delicados. No es un problema único ni sencillo: afecta a barrios, al litoral y al propio centro de la ciudad, cada uno con sus propias heridas.
En los barrios, el cierre de pequeños comercios ya no sorprende. Tiendas familiares que durante décadas atendieron a vecinos están desapareciendo poco a poco. No tienen publicidad, apenas presencia en internet y compiten en desigualdad con grandes cadenas que pueden permitirse abrir domingos, hacer campañas constantes y ajustar precios de una manera imposible para quien compra poco y vende poco. El resultado es una pérdida silenciosa: no solo desaparecen negocios, desaparece también parte de la vida del barrio. La tienda de la esquina, la ferretería de siempre o la papelería donde se conocía al cliente por su nombre.
En el litoral el problema no es distinto. En zonas como La Manga del Mar Menor o Cabo de Palos, el comercio vive prácticamente al ritmo del verano. Durante unos meses hay vida, movimiento y turistas. Después llega el invierno y muchos negocios apenas pueden sostenerse. Mantener un local abierto todo el año se convierte en una carrera cuesta arriba. Los ingresos se concentran en pocas semanas y la estabilidad económica se vuelve casi imposible para quienes viven allí todo el año. Convirtiendo, por ejemplo, La Manga en un desierto en meses no estaciónales. ¿Dónde tienen que ir los vecinos a comprar? Nuevamente a las grandes cadenas. Donde un día había pescaderías, ultramarinos tan famosos como los de Cabo de Palos o panaderías, hoy hay centros comerciales vacíos por toda la zona y calles con persianas bajadas.
Pero quizá el ejemplo más visible del cambio está en el centro. Calles que durante décadas fueron el corazón comercial de la ciudad han perdido gran parte de su actividad. El caso más simbólico es Calle San Fernando. Durante años fue una de las principales arterias de compras, una calle llena de escaparates, movimiento y gente. Hoy, para muchos vecinos, caminar por ella es hacerlo entre locales vacíos y persianas bajadas. Una calle que fue núcleo comercial y que ahora, en palabras de algunos comerciantes, “parece un cementerio de negocios”.
El centro ha ido llenándose de cadenas nacionales que pueden asumir alquileres altos y competir con fuerza. Mientras tanto, el pequeño comercio, el que daba personalidad a las calles, ha ido desapareciendo poco a poco.
Sin embargo, todavía hay margen para reaccionar. Después de reunirme con comerciantes de toda la ciudad y sus barrios, muchos de ellos coinciden en que una de las claves está en la visibilidad. Crear o mejorar una aplicación o plataforma digital del comercio local (Donde se incluyan a todos por barrios/pueblos) permitiría a cualquier vecino ver qué tiendas tiene cerca, qué productos ofrecen o qué promociones tienen. Algo sencillo, pero que ayudaría a que pequeños negocios compitan en el mismo escaparate digital que las grandes marcas.
También se plantean otras medidas: campañas reales para fomentar el consumo local, ayudas para digitalizar negocios, escaparates virtuales conjuntos, eventos comerciales en barrios y en el centro que devuelvan gente a las calles, o incentivos para quienes abran comercios independientes.
En el litoral, diversificarlo durante todo el año con eventos culturales, gastronómicos o deportivos ayudaría a romper la dependencia absoluta del verano.
Porque el comercio local no es solo economía. Es la conversación diaria, la confianza, la vida que da luz a una calle. Y cuando una tienda cierra, no desaparece solo un negocio. Desaparece una pequeña parte de la ciudad que todos recuerdan. Está muy bien ir a las grandes cadenas a comprar, pero está aún mejor ir a la panadería o a la tienda de Paquita o de José y te digan:
“¿Te pongo lo mismo de siempre?” O “¿Cómo se encuentra tu primo?”
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