No faltamos a la verdad si aseguramos poder contar una buena parte de la historia de nuestro país a través de esta prenda de vestir: ‘la capa española’. Existen antecedentes de su uso en las tribus íberas como prenda de abrigo. Su evolución y adaptación a lo largo de los siglos nos hará ver que, aunque ahora esté «de capa caída», a nadie puede pasar desapercibido su glorioso pasado. Pero mientras unas pocas ‘Asociaciones de Amigos de la Capa’ continúen en su defensa, es más que previsible que recupere su esplendor en el futuro. Carme Fábrega dijo: «Una capa convierte a un señor en un caballero». Ella conoce a la perfección los entresijos de su uso, pues lleva cerca de 20 años deslizando sus grandes tijeras de sastre por las telas más nobles en los almacenes de Seseña, la tienda de capas más antigua del mundo.
«El abrigo se lleva, la capa se pasea». Es lo que me contaba mi amigo Rafael – miembro de los Amigos de la Capa de Madrid – en su paso por nuestra Trimilenaria. Y me puso un ejemplo muy claro entre «lo útil y lo valioso», pues debemos aprender a saber distinguir ambas cosas. Un sacacorchos es útil, un abrazo es valioso, una puerta es útil, ver un atardecer es valioso, un mechero es útil, una amistad es algo valioso. Casi siempre lo útil es más caro que lo valioso. De hecho, lo valioso rara vez cuesta dinero. Y esto ocurre porque el dinero es útil, pero valioso. Lo valioso genera mucha más felicidad a largo plazo que lo útil pero, sin embargo, a menudo valoramos más lo útil que lo valioso.
Los mejores momentos de la vida no cuestan dinero. Ver nacer a un hijo, el primer beso, sentir que vuelas de la mano de alguien… Los momentos que nos pasan por la cabeza cuando abandonamos este mundo nos costaron dinero. Cuando te asalte una preocupación, párate a pensar si lo que buscas es útil o es valioso. Hay que aprender a distinguir para saber que vivir bien no es tan caro como nos habían contado.
Delante de la escultura de Isidoro Máiquez en nuestra plaza de San Francisco y en compañía de varios miembros de la asociación de ‘Los amigos de la capa de Cartagena y Comarca’, pude deleitarme con el poema escrito por Rafael Sánchez Pagán y recitado «in situ». Hace más de 200 años de la muerte de nuestro insigne actor, uno de los mejores de su época, hombre ilustrado, dramaturgo autor de un nuevo ‘Reglamento de la Vida Teatral’ y comprometido con la causa liberal. Gran personaje que entra en la mente de los cartageneros desde muy niños, aunque su camino al cielo fuera desde Granada.
«Isidoro que haces ya cercana la suave primavera en Cartagena, pronto abandonamos la gran falsedad que el teatro de tu tiempo engalana. Corriges los delirios que la escena, en su interpretación, asfixiaba. Ya no hay ese amaneramiento que, con rigor histórico, te alaba. Isidoro que ese terciopelo que, acicalado el vuelo de tu capa, señala los secretos de tu arte y que recibe el cielo y lo destaca. Terciopelo de tu singular capa. Tradición y serio color oscuro contigo van por los aires celestes, que tu arte muestra hacia el futuro».
En sus inicios la asociación cartagenera la presidió Antonio López Palacios, ‘Anlopa’, propietario de aquellos famosos Almacenes Lepanto. Después fue encabezada por Antonio Carrasco hasta que le cedió el cargo al actual presidente José Lucas. En la directiva le acompañan Emilio García, Joaquín Villalba, Alfonso Benzal, Manuel Juárez, Fernando Villena, Ginés Egea y José Moreno. Ellos continúan con las actividades de la asociación como la celebración del Patrón de los Capistas: San Martín de Tours. Hijo de un tribuno militar, se alistó en la milicia a los quince años. Se hizo bautizar a los dieciocho en Amiens donde, según la tradición, entrando en la ciudad con sus tropas romanas en un frío día de invierno, encontró a las puertas de la ciudad a un mendigo semidesnudo y tiritando que le imploró caridad. No teniendo moneda que darle sacó la espada, cortó su capa y le entregó la mitad al mendigo para que se abrigara. Esa noche soñó con Jesucristo diciéndole a los ángeles: «Martín, siendo todavía catecúmeno, me has cubierto con este vestido». La media capa que había regalado al mendigo fue puesta en un templo pequeño para conservarla y, de este modo, todo el mundo comenzó a llamar a los templos pequeños «capillas».
San Martín llegó a ser obispo de Tours y es uno de los santos que más templos tiene consagrados en todo el planeta. Solamente en la diócesis de Gerona hay 50 iglesias. Pero este número no es nada comparado con las más de 3.500 parroquias que tienen su nombre en Francia. La devoción a San Martín de Tours está extendida en todo el mundo. Nuestras capas han protegido los cuerpos de las inclemencias del tiempo, cubierto apariencias y revestido dignidades. Han servido de alfombras, paño de lágrimas o manta retozona ante un arrebato carnal. Han sido cuestión de moda, flor de un día e, incluso, objeto preciado que dejar en herencia, pero, sobre todo, «han sido motivo de honor el saber llevarlas».
Y para celebrar el encuentro con los amigos de la capa y, al mismo tiempo, quiero felicitar a Horacio Blanco por su reciente galardón como ‘Mejor restaurante de cocina tradicional’ otorgado por este diario en los X Premios de Gastronomía Región de Murcia, fuimos a su restaurante: La Tasca del Tío Andrés. Con treinta años de gran producto y materia prima de cercanía, una cocina sensata sin artificios y tradicional con respeto al guiso lento, teniendo un apartado de cuchara amplísima y, si a ello le unimos un trato cercano, el éxito está asegurado. Siguiendo las recomendaciones de Horacio empezamos con pastel de cabrachos sobre tostas de pan tostado en casa. Continuamos con unos hojaldres de carrillera con crema de champiñones. Exquisitos estaban los torreznos de Soria; como deben, ser crujientes por fuera y jugosos en su interior. La última entrada fueron unas milhojas de rabo de toro, sublimes. Todo regado con un Rioja de Remelluri Reserva. Pasamos con un plato de cuchara para hacer honor a su premio, «una muestra sin valor» de callos con garbanzos y una cazuela de la casa de almejas con gambas y gula al ajillo. El plato final, secreto de bellota a la brasa con patatas y pimientos. De postre paparajotes con helado de anís y de café asiático acompañados de una copa Monastrell dulce Bellum ‘El Remate’. Termino con esta oportuna reflexión: «Sólo a las personas cultas les gusta aprender, las personas ignorantes prefieren dar lecciones».












