De la indefensión aprendida al Síndrome de Estocolmo.

De la resignación colectiva a la complacencia con el abandono político en Cartagena

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Seguramente para quien no conozca estos dos términos le será difícil encontrar, al leer el título, su relación con Cartagena. El primer concepto interpreta a quien tras intentar repetida y fallidamente un objetivo que cree alcanzable y razonable ceja en el esfuerzo por considerar inútil su logro. El segundo consiste es generar simpatía e incluso defensa hacia quien te daña o controla y se popularizó a raíz de un atraco con rehenes en 1973 en Estocolmo, donde algunas víctimas mostraron, tras su liberación, cercanía y lealtad hacia los captores. Seguro que empieza, querido lector, a atisbar una relación con Cartagena.

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Esa Cartagena de la que todos hemos oído hablar, que se alzó en armas en la Primera República por unos ideales hoy aceptados por todos los ciudadanos, pero que sucumbió a las fuerzas centralistas. Esa Cartagena orgullosa de apoyar la Constitución de 1812 (La Pepa) pero que finalmente vio como Fernando VII consumaba, por ello, su venganza en una redistribución administrativa que suprimía la Provincia de Cartagena. O esa Cartagena alineada con sus alcaldes Torres y Vallejo cuando solicitaron la restitución de ésta (07 de abril de 1924 y 29 de enero de 1990, respectivamente), aunque sus solicitudes fueron tercamente desoídas.

Han sido muchas veces las que Cartagena se ha embarcado en ambiciosas propuestas; tantas como éstas han sido ignoradas. Tantas que, de manera silente, sin darte cuenta, llega el momento de desarrollar esa indefensión aprendida, ese no hacer nada por estar convencido de que nada se puede hacer. Si lo pensamos con cierta profundidad, esta situación, es la gloria del político. Que sus ciudadanos ni se quejen ya de lo que consideran injusto, ni reclamen lo que valoran como beneficioso o simplemente adecuado. Basta con que nos faciliten cada fin de semana la fiesta o evento donde podamos cumplir el ritual de caña y pincho, sin desarrollo del mínimo espíritu crítico por quien lo cumple ni, por supuesto, de inversión alguna en la ciudad por quien lo oferta.

Y esto es lo que ha ido pasando en Cartagena, tras años de gobiernos de partidos nacionales (principalmente PP) en los que las reivindicaciones y los anhelos del pueblo se han ido atenuando, supongo que por una indefensión aprendida. Y no hablo ya de una restitución de la Provincia, sino del conjunto global de lo que una población pueda desear: mejorar. Mejorar en sus infraestructuras, comunicaciones, tejido empresarial, en poder ofrecer un futuro para sus hijos. Esto no hay que explicarlo, ni tampoco habría que reivindicarlo. Se le supone al político la inteligencia suficiente como para saberlo y orientar su esfuerzo a la obtención del bien de la población, si bien este suponer es un acto de benevolencia absoluta y, si se basara en los actos de los políticos, de estupidez suprema.

Pero en esta Cartagena, somos capaces de darle una vuelta de tuerca más a la realidad, para que supere la ficción. Ya no se conforma el político con esa gloria que supone que el ciudadano renuncia a la exigencia de lo que considera justo. Hemos llegado a un punto de irrealidad en el que el Síndrome de Estocolmo nos contagia como pandemia no temida. Ya es fácil oír el contraargumento, cuando alguien llama la atención sobre algún aspecto deficitario de nuestra comarca o ciudad, de “pero qué bonita está Cartagena”. O aquello, de “si está llena de actividades”. Nos hemos dejado embaucar por nuestros captores. No es que ya no reclamemos unas comunicaciones como el AVE, el Fermed o la autovía del Mediterráneo; es que justificamos que no se hagan porque ya se han puesto “cerca”; enamorados de nuestros raptores, justificando su inatención a la ciudad por la que deben trabajar … y haciendo de menos a los pocos que reclaman un cambio.

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No logro entender qué mecanismo hace que la gente no sólo tire la toalla, sino que acepte al raptor como el salvador de sus bienes. Como tampoco entiendo bien lo que hace que no caiga mi ánimo aún en una indefensión aprendida, que he de reconocer a veces me ha rondado la voluntad, o en un mismísimo Síndrome de Estocolmo cuando políticos, van de un partido a otro como tarzanes en lianas desplazándose. La pena es que la liana la pone el ciudadano con su esfuerzo y nadie ha dicho que se use para eso.

Así que, señores, qué bonita está Cartagena y su Comarca, la Comarca del Campo de Cartagena. Aquella que los políticos anunciaban en el estatuto, la topográficamente Natural, para ciscarse con hechos en sus renglones intentando crear, de manera deliberada la del Mar Menor, atendiendo a un divide y vencerás, en vez de potenciar lo que es común y une para hacer más fuerte el todo.

¡¡Qué bonita está Cartagena!!. ¡¡No retornen a sus casas aún!!, en la gloriosa e histórica capital de la región sin apreciar cómo hemos sabido darle a esta ciudad lo que no tenía: serviles que trabajan para medrar, políticos haciendo sus triquiñuelas para engatusar sin importar principios y ciudadanos desmemoriados que sólo intentan sobrevivir, sabiendo que nada servirá para cambiar nada y que, posiblemente, deban dar las gracias por llegar a final de mes aún vivos, enamorados de sus captores, cabizbajos por el peso de la indefensión aprendida pero con una bobalicona sonrisa pensando en la belleza del Síndrome de Estocolmo.

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Pablo Cerezuela Fuentes
Pablo Cerezuela Fuentes
Nacido en Cartagena (05/09/1963), criado en diversas partes de España. Profesionalmente médico especialista en Oncología Médica. Mi familia es el núcleo de mi vida. Lectura, mar, andar Cartagena y música tejen mi entretenimiento. Personalmente humano. Apasionadamente cartagenero. Me importa mi tierra. Me gusta la vida.
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