Lo que está ocurriendo con Sabic en Cartagena no es un accidente ni una sorpresa. Es, más bien, la crónica de una dejadez anunciada, de una desindustrialización asumida con resignación desde los despachos y sufrida con angustia en las casas de cientos de familias. El anuncio del cierre de la planta de Lexan 1, tras la venta del negocio europeo de la multinacional saudí a un fondo de inversión, ha vuelto a colocar a Cartagena en el lugar que parece reservado desde hace décadas: el de territorio prescindible.
Más de trescientos empleos directos están en juego y miles de indirectos dependen de una actividad industrial que se ha ido apagando poco a poco, sin ruido, casi con pudor. Sabic, que llegó a ser uno de los grandes motores del polo químico del sureste español, ha ido cerrando instalaciones, reduciendo producción y adelgazando plantilla ante la pasividad de una Comunidad Autónoma que observa el proceso con distancia, como si no fuera con ella. O como si ocurriera lo suficientemente lejos.
Los trabajadores denuncian una estrategia calculada: mantener la actividad lo justo para seguir rentabilizando la planta y dejar que sea el fondo comprador quien ejecute los despidos y el cierre definitivo, diluyendo así cualquier responsabilidad social. Mientras tanto, las promesas se enfrían, las negociaciones se alargan y el futuro se vuelve cada vez más borroso.
Ante este escenario, la respuesta obrera ha sido clara. Huelgas, paros y movilizaciones que culminarán el próximo 3 de febrero con una manifestación en Cartagena. No es una fecha cualquiera. Es el aniversario de la quema de la Asamblea Regional, símbolo de una protesta que nació del hartazgo y del sentimiento de abandono. La elección del día no es casual: se trata de recordar que cuando las instituciones fallan, la calle acaba hablando.
Y es aquí donde aparece la ironía más amarga de todas. Porque si esta fábrica estuviera en el municipio donde se concentran las decisiones, donde se instalan las grandes inversiones y desde donde se mira el territorio con otro interés, probablemente la reacción sería distinta. Quizá no estaríamos hablando de cierres inevitables ni de fondos de inversión oportunistas, sino de planes de viabilidad, declaraciones solemnes y soluciones urgentes. Pero la planta está donde está, y eso, en demasiadas ocasiones, marca el nivel de preocupación institucional.
Lo que se juega Cartagena con Sabic no es solo empleo. Es modelo productivo, es arraigo, es futuro. Es la sensación persistente de que cada vez que una gran industria tiembla en esta orilla, nadie en el centro del poder se da por aludido. La manifestación del 3 de febrero no es solo una protesta laboral: es una advertencia. Porque cuando una ciudad industrial pierde sus fábricas, lo que pierde en realidad es su derecho a decidir qué quiere ser mañana.
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de dondecomemosct.es









