Hay tradiciones que no hacen ruido, que no llenan grandes titulares ni buscan focos, pero que sostienen el alma de una ciudad como los cimientos invisibles de una casa antigua. Ayer a mediodía, en el barrio de San Antón, Cartagena volvió a mirarse en ese espejo íntimo y necesario durante el acto de recuperación del pulpo sanantonero tras la romería. Allí estuvieron el secretario de organización del Partido Cantonal de Cartagena, Antonio Conesa, y el secretario general, Celestino García Alfaro, participando no solo como representantes políticos, sino como vecinos conscientes de que estas celebraciones no pertenecen a nadie en concreto, sino a todos.
Las fiestas de San Antón en Cartagena son una de esas manifestaciones populares que se han ido transmitiendo de generación en generación, sin manual de instrucciones y sin más norma que el respeto por lo heredado. El barrio se engalana cada enero para honrar al santo protector de los animales, y lo hace mezclando lo religioso con lo humano, lo simbólico con lo cotidiano. La romería, la bendición, el encuentro en la calle, la comida compartida… todo responde a una forma de entender la vida en comunidad que hoy parece casi revolucionaria.
El pulpo sanantonero, recuperado tras la romería, es mucho más que un plato. Es memoria comestible. Es la excusa para sentarse juntos, para conversar sin prisas, para recordar a quienes ya no están y enseñar a los más jóvenes que hubo un tiempo —y debe seguir habiéndolo— en el que las fiestas no se medían por su impacto, sino por su capacidad de unir. Cada gesto de recuperación, cada acto simbólico como el vivido ayer, es una pequeña victoria frente al olvido.
San Antón no es solo un barrio ni una fecha en el calendario. Es una manera de sentir Cartagena desde abajo, desde la calle y desde la cercanía. Defender estas tradiciones no es anclarse al pasado, es proteger un legado que nos explica quiénes somos. Porque una ciudad que pierde sus fiestas populares, sus rituales sencillos y su identidad compartida, corre el riesgo de quedarse vacía por dentro.
Que responsables públicos acudan y acompañen estos actos tiene sentido cuando se hace desde el respeto y la implicación real, entendiendo que la política también está en preservar lo que nos une como pueblo. Ayer, en San Antón, Cartagena recordó que su historia no solo se escribe en los libros, sino también alrededor de una mesa, tras una romería, recuperando un pulpo que sabe a barrio, a tradición y a futuro compartido.










