Y cuando Cartagena entra en campaña, pasa lo de siempre: se llenan los micrófonos de palabras bonitas, los titulares de planes grandilocuentes y las redes de fotos con sonrisas, banderitas y mucho “vamos a”.
Y yo, lo siento, pero ya no me trago nada sin mirar la letra pequeña.
Porque si en estos últimos años no se ha cumplido ni una mínima parte de lo prometido —y no hablo de errores puntuales, hablo de un patrón—, ¿por qué ahora sí iban a hacerlo? ¿Qué ha cambiado? ¿La ciudad? No.
¿Los problemas? Tampoco. Lo único que cambia es el guion: vuelven a vender ilusión… y vuelven a pedir fe.
Y es que hay un detalle que, por mucho maquillaje que le pongan, pesa como una losa: la deuda y los préstamos.
El lastre que no sale en la foto: préstamos, intereses y más dependencia.
En Cartagena se nos habla de presupuestos como si fueran una carta a los Reyes Magos: “priorizamos”, “impulsamos”, “apostamos”.
Pero cuando uno rasca, aparecen los números y, con ellos, las contradicciones.
Por ejemplo: se ha presentado un presupuesto para 2026 que se mueve alrededor de los 276–288 millones, según fuentes y fases del proceso (proyecto, aprobación inicial, etc.), y se vende como un presupuesto de impulso, con vivienda y empleo como prioridades.
Hasta ahí, bien. ¿El problema? Que la misma información pública y periodística reconoce que el Ayuntamiento prevé pedir préstamos: uno de 8,5 millones para afrontar la subida salarial a funcionarios, y que el presupuesto incorpora nuevos préstamos que rondarían los 10 millones, con operaciones a largo plazo (se ha hablado de uno cercano a 9 millones a 15 años).
Y entonces me pregunto: ¿esto es “gestión” o es ir tirando? ¿Esto es “Cartagena funciona” o “Cartagena aguanta”?
Porque pedir préstamos no es pecado, claro que no.
El problema es qué te obliga a hacerlos y qué futuro estás firmando cuando el remedio habitual para cuadrar el año es hipotecar el siguiente.
Y ojo, porque esto no viene de cero. Ya en enero de 2025 el propio Ayuntamiento aprobó la concertación de un préstamo y reconocía que ese movimiento situaría el endeudamiento en torno al 25% de sus ingresos anuales.
Es decir: esto no es una anécdota. Es una forma de caminar.
Plan Económico-Financiero: cuando la realidad te obliga a “arreglar” el relato.
Y aquí entra otra palabra que, cuando sale, debería ponernos a todos en guardia: Plan Económico-Financiero (PEF).
Porque el pleno ha validado el PEF 2025–2026 y el Ayuntamiento lo tiene publicado en su portal de “Cuentas claras”.
Eso, traducido al idioma de la calle, significa: “hay que encajar números, ajustar, justificar, cumplir reglas y sostener el equilibrio”.
Y cuando una administración necesita un PEF, no suele ser porque esté viviendo el mejor momento de estabilidad y margen.
Suele ser porque tiene que reconducir.
Y mientras se reconduce, llegan los discursos de siempre: superávit por aquí, deuda “controlada” por allá, inversiones anunciadas…
Pero la sensación del ciudadano es otra: que la ciudad funciona a base de parches, y que cada parche trae su factura, y que esa factura acaba recortando el futuro.
Prometer es fácil; cumplir es lo raro.
A mí lo que me enciende no es que prometan. Es cómo prometen.
Prometen como si no hubiera hemeroteca. Como si no hubiera barrios esperando cosas básicas desde hace años.
Como si no hubiera proyectos anunciados tres veces.
Como si no existiera el “lo vamos a hacer” eterno, ese que nunca llega al “ya está hecho”.
Y encima, con el escenario político de pactos que nos venden como “estabilidad”, pero que muchos vivimos como hipocresía y bloqueo: hoy me apoyo en ti, mañana te señalo; hoy rechazo tus enmiendas, mañana presento lo mismo como logro propio; hoy digo que esto es urgente, mañana desaparece.
Y mientras tanto, Cartagena sigue ahí, mirando el teatro desde la butaca, pagando la entrada.
De hecho, se ha contado que el presupuesto salió adelante con el bloque de gobierno (PP–Vox) sin aceptar enmiendas de la oposición, y eso, te guste o no te guste, alimenta la percepción de que aquí no se construye ciudad: aquí se construye trinchera.
Cartagena necesita aire fresco… de verdad
Porque lo que yo veo —y lo que cada vez comenta más gente— es que hace falta un cambio que se note, que se perciba en la calle y no solo en el titular.
Un cambio que no dependa de si eres “amigo” o “no amigo”. Un cambio que alcance al que vive en el centro y al que vive en una diputación. Al que sale en la foto y al que no sale nunca.
Cartagena necesita aire fresco, sí.
Pero no el aire fresco de los lemas.
El aire fresco de la decencia política, que es otra cosa:
menos propaganda,
más resultados;
menos “vamos a”,
más “ya está”;
menos excusas,
más gestión.
Y ahora la pregunta que nadie responde: ¿quién está pensando en el futuro de todos?
Porque cuando una ciudad se acostumbra a vivir entre promesas incumplidas y préstamos que tapan agujeros, pasa algo peor que el desgaste: pasa la resignación. Y esa es la derrota más peligrosa, porque una ciudad resignada ya no exige.
Ya no compara.
Ya no pregunta.
Ya no aprieta.
Y Cartagena, con todo lo que es y todo lo que podría ser, no se merece eso.
Reflexión final.
Que no nos vuelvan a ganar con fotos, saraos y promesas vacías.
Yo lo digo claro: no me basta con la foto, ni con el sarao, ni con el “plan” presentado con PowerPoint.
No me basta con promesas sin calendario, sin presupuesto realista y, sobre todo, sin credibilidad.
A los ciudadanos nos toca mirar más allá del acto, del titular y del aplauso fácil.
Nos toca preguntar:
¿Esto cuánto cuesta?
¿Cómo se paga?
¿Qué plazo tiene?
¿Qué se ha cumplido de lo anterior?
¿Cuánta deuda trae detrás?
Porque una ciudad no se levanta con propaganda.
Se levanta con verdad, con cuentas claras de verdad, y con gobiernos —se llamen como se llamen— que cumplan.
Y Cartagena necesita eso como el agua: menos postureo, menos saraos y falsos relatos y más futuro.
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