Cartagena ha vuelto a abrir una de esas puertas que nunca terminan de cerrarse del todo. El antiguo Mercado Gisbert, que durante décadas latió como punto de encuentro cotidiano entre vecinos, pescado fresco y voces familiares, ha recuperado actividad este martes. Lo hace convertido en el Centro Nube, un espacio de formación digital, innovación tecnológica y apoyo al tejido empresarial que marca un nuevo rumbo para un edificio cargado de memoria.
La escena de la inauguración ha sido la de los grandes días: autoridades, representantes institucionales, universidad, empresas… todos reunidos en un enclave que vuelve a tener propósito. La alcaldesa Noelia Arroyo ha querido subrayar precisamente esa idea, la de un lugar que vuelve a “servir” a la ciudad, aunque ahora lo haga desde una lógica distinta, más alineada con las demandas de un presente digital. Donde antes se pesaba género, hoy se hablará de inteligencia artificial, ciberseguridad o marketing digital.
El Centro Nube no es un gesto simbólico, sino una infraestructura concreta: 226 metros cuadrados diseñados para la formación, el coworking y el acceso a herramientas tecnológicas. Impresoras 3D, drones educativos, gafas de realidad virtual, pizarras interactivas… un catálogo que sitúa el espacio en la vanguardia de la capacitación digital. La inversión, superior a los 227.000 euros, refleja la apuesta institucional por un sector que, según se ha destacado, ya ha generado más de 23.000 empleos tecnológicos en la Región en los últimos dos años.
Y, sin embargo, bajo esa capa de modernidad inevitable, permanece una sensación difícil de ignorar. El Mercado Gisbert no era un edificio cualquiera. Su ubicación, su estructura, su historia… todo parecía señalarlo como el candidato natural para convertirse en un gran espacio gastronómico, en un mercado renovado o incluso en un enclave especializado en producto local y pescado fresco, tan ligado a la identidad portuaria de Cartagena. Una evolución que habría conectado pasado y presente sin romper del todo el hilo emocional con la ciudad.
Pero Cartagena ha elegido otro camino. Uno que mira más al futuro que a la tradición, más a la empleabilidad que a la experiencia sensorial, más a la innovación que a la memoria. No es necesariamente un error, pero sí una decisión que deja abierta la pregunta: ¿cuántas oportunidades hay para recuperar el alma de un mercado como Gisbert?
Mientras tanto, la actividad ya ha comenzado. Desde el primer día, cursos de inteligencia artificial, marketing digital y ciberseguridad han puesto en marcha un calendario formativo que busca ser accesible para todos. Habrá formación básica gratuita para aprender a relacionarse con la administración digital y una segunda fase orientada a mejorar la empleabilidad. Todo ello en colaboración con la Agencia de Desarrollo Local y Empleo.
El proyecto no termina aquí. El Ayuntamiento ya mira hacia el ala izquierda del edificio, donde se plantea el futuro “Espacio Dato”, con una inversión prevista cercana a los 300.000 euros. La intención es crear un entorno para pruebas tecnológicas vinculadas a la defensa, la seguridad y la reconstrucción, reforzando la conexión con la universidad y el ecosistema empresarial del entorno.
El Mercado Gisbert vuelve a tener vida. Ya no huele a mar ni a conversación entre puestos, pero sí a futuro, a pantallas encendidas y a nuevas oportunidades. Quizá el tiempo dirá si este cambio ha sido una transformación necesaria o una renuncia silenciosa a lo que pudo haber sido uno de los grandes templos gastronómicos de Cartagena.












