Hay entrevistas que, más que responder preguntas, sirven para dejar constancia de algo más profundo: que una ciudad sigue teniendo que explicarse. La alcaldesa de Cartagena, Noelia Arroyo, lo hizo en el programa El Cascabel, en TRECE, entrevistada por José Luis Pérez. Y lo que quedó claro es que, pese a todo, Cartagena sigue empujando mientras otros parecen empeñados en bajar el volumen de su potencial.
Arroyo habló de retos estratégicos, de infraestructuras y de fiestas, pero sobre todo habló de una ciudad que juega en primera división sin que le permitan ni siquiera salir al campo en igualdad de condiciones. Cartagena, recordó, es hoy el principal motor de innovación en seguridad y defensa del país, con el programa CAETRA como columna vertebral de un ecosistema tecnológico que mira a Europa sin complejos. No es una frase grandilocuente: es la única ciudad de España que diseña y construye submarinos íntegramente, y lo hace gracias a Navantia, con los submarinos no nucleares más avanzados del mundo.
A partir de ahí, la lógica debería ser sencilla: inversión, apoyo institucional y visión de Estado. Sin embargo, la realidad vuelve a ser la de siempre. Mientras Cartagena pone conocimiento, industria y empleo sobre la mesa, otros parecen haber decidido, una vez más, mirar hacia el interior, apostarlo todo a un modelo centralista que ignora deliberadamente que el mar —históricamente y también hoy— es el que trae la riqueza, la proyección exterior y las oportunidades. En esta extraña Región de Murcia, cada vez más encerrada en sí misma, el litoral parece molestar cuando no se pliega al papel secundario que algunos le han asignado.
Ese mismo patrón se repite en las infraestructuras. Cuatro años sin conexión ferroviaria directa no son un problema técnico: son una decisión política sostenida en el tiempo. Una “injusticia histórica”, en palabras de la alcaldesa, que empezó siendo una promesa de dos años y ya camina, sin rubor, hacia los cinco. Cartagena aislada, mientras se normaliza lo que en cualquier otra ciudad sería un escándalo nacional. Arroyo reclamó compensaciones, incluso la gratuidad de los billetes, como se ha hecho en otros territorios. Lo mínimo cuando se condena a una ciudad a la desconexión.
También hubo espacio para una reivindicación que suele pasar desapercibida: la financiación local. Los ayuntamientos asumen competencias impropias mientras el Estado mira hacia otro lado, y la negociación de la financiación autonómica sigue ignorando a los municipios, perpetuando una arbitrariedad que castiga especialmente a ciudades con un peso real muy superior al reconocimiento que reciben.
Y, sin embargo, Cartagena no se encoge. Coincidiendo con el inicio del Carnaval, Arroyo reivindicó unas fiestas con personalidad propia, mediterráneas y abiertas, con brillo, color y una base social que nace en los barrios. Un Carnaval inclusivo, referente a nivel nacional, que aspira con razón a la Declaración de Interés Turístico Nacional. Una celebración que demuestra que aquí no solo se construyen submarinos: también se construye comunidad, cultura y futuro.
Quizá por eso molesta. Porque Cartagena insiste en recordar que el mar no es un adorno, sino una puerta. Y que, por mucho que algunos hayan querido apagar su potencial entre silencios administrativos y decisiones discutibles, esta ciudad sigue avanzando, incluso cuando la obligan a hacerlo contracorriente.











