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Te toca asumir responsabilidades, menos cuando lo hago yo

La doble moral del poder: silencio, victimismo y ninguna rendición de cuentas cuando el error es propio

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Hay una frase que define mejor que ninguna la manera de actuar del PSOE cuando la realidad se cobra vidas: no se hace política con el dolor, repiten. Pero solo cuando el foco les apunta a ellos. Cuando no, el dolor ajeno se convierte en argumento, en consigna y en arma arrojadiza. La coherencia nunca ha sido una prioridad; el poder, sí.

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En menos de 48 horas, dos accidentes ferroviarios en España, con muertos y heridos graves. Dos. En dos comunidades distintas. Y no, no se trata de mala suerte ni de hechos aislados. Se trata de infraestructuras envejecidas, de vías cuyo deterioro llevaba tiempo siendo denunciado y de advertencias ignoradas. Se trata, en definitiva, de una gestión que llega tarde o no llega nunca.

Resulta especialmente hiriente que, poco antes de estas tragedias, el propio Gobierno anunciara la aprobación de una partida millonaria destinada a la mejora de infraestructuras ferroviarias en Marruecos. Cooperación internacional, solidaridad exterior, diplomacia estratégica… como lo quieran llamar. Mientras tanto, las vías españolas, por las que viajan a diario miles de ciudadanos, siguen siendo una ruleta rusa. Prioridades políticas frente a seguridad básica. Así de simple.

Y cuando la desgracia ocurre, el guion es el de siempre: declaraciones solemnes, minutos de silencio y una frase automática: “no es momento de buscar culpables”. Nunca lo es cuando gobiernan ellos. Nunca hay responsables políticos. Nunca dimite nadie. Nunca hay autocrítica.

Curiosamente, esa prudencia desaparece cuando el suceso no les afecta directamente. El PSOE no tuvo reparo alguno en hacer política inmediata con los atentados del 11-M, utilizando el horror de los trenes y el dolor de las víctimas en plena recta final electoral. No hubo entonces llamadas a la calma ni al respeto institucional. La tragedia se convirtió en palanca política desde el primer minuto.

Lo mismo ocurrió con la DANA en Valencia. Antes incluso de conocer informes técnicos o evaluaciones completas, el PSOE exigió dimisiones, habló de negligencias, pidió “rodar cabezas”, incluso hizo una moción de censura a escasos días de la tragedia. No había que esperar, no había que ser responsables: había que señalar. El dolor ajeno, otra vez, servía para erosionar al adversario.

En cambio, durante la pandemia del COVID, con miles de muertos y avisos previos claros, el silencio fue absoluto. Se permitieron concentraciones masivas cuando el riesgo ya era evidente, se improvisó donde hacía falta previsión y el resultado fue devastador. Pero no hubo responsables políticos. Nadie asumió errores. Nadie pagó el precio.

Esta doble vara de medir no es casual. Es el reflejo de un partido que ha hecho del poder su único objetivo. Un PSOE impasible ante sus propios fallos, atrincherado en el relato y convencido de que gobernar consiste en resistir, no en responder. Una legislatura marcada por malas decisiones, deterioro institucional y una alarmante desconexión con la realidad de los ciudadanos.

No es exagerado decir que este periodo quedará como uno de los más dañinos para la confianza pública desde los tiempos más oscuros, no por la naturaleza de las tragedias, sino por la degradación moral de la política. Porque cuando un gobierno es incapaz de proteger lo básico y además se niega a asumir responsabilidades, algo muy profundo se ha roto.

Gobernar no es pedir silencio cuando el error es propio. Gobernar es tener el valor de dar la cara, asumir consecuencias y corregir el rumbo. Hoy, demasiados ciudadanos ven a un PSOE que exige responsabilidades a todos menos a sí mismo. Y eso, más que cualquier discurso, explica por qué la desafección crece al mismo ritmo que las tragedias que pudieron evitarse.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de dondecomemosct.es

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