La Marinera
Había una vez un joven soldado de reemplazo que llegó tarde a la hora del almuerzo. Todos los demás soldados ya se habían reunido en una terraza en la plaza del rey y estaban disfrutando de sus comidas. El soldado se sintió avergonzado y apenado por su tardanza, pero decidió unirse a sus compañeros de armas de todos modos.
El camarero les preguntó qué querían de comer y beber, y el soldado se sirvió una porción de ensaladilla rusa sobre una rosca. Uno de los marineros bromeó con el camarero, pidiéndole una “marinera” para el soldado. El camarero se rio y dijo que eso no podía dárselo. Pero, de repente, uno de los marineros cogió una anchoa y la colocó sobre la ensaladilla del soldado, diciéndole: “Mira, aquí tienes tu marinera”.
Todos los marineros rieron de buena gana ante la broma de su compañero, y el soldado se sintió un poco menos incómodo por su tardanza. Al día siguiente, volvieron al mismo bar para almorzar, y el camarero volvió a bromear con ellos diciendo: “¿Queréis marineras?” y preparándoles las roscas con ensaladilla y anchoa.
Así nació una nueva tapa popular en Cartagena: La Marinera. Cada vez que los soldados volvían al bar, el camarero continuaba con la misma broma y les preparaba la misma tapa. Con el tiempo, otros clientes del bar comenzaron a pedir la marinera, y pronto se convirtió en un plato típico de la ciudad.
El soldado de reemplazo nunca olvidó su vergonzosa llegada tarde a la hora del almuerzo, pero siempre recordó con cariño la broma del camarero y cómo se convirtió en una tradición en la ciudad. Y cada vez que comía una marinera, sonreía pensando en su tiempo en el ejército y en la amistad que había compartido con sus compañeros de armas.
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