La historia de Teatro Romano de Cartagena sigue escribiéndose bajo tierra, capa a capa, con una elocuencia que no deja lugar a dudas sobre la magnitud de su legado. La segunda fase de excavación ha sacado a la luz una estructura de proporciones excepcionales que vuelve a situar a la ciudad en el epicentro de la arqueología nacional.
Se trata de un paramento íntegro de 38 metros de longitud y 6 metros de altura, ubicado tras el escenario, cuya conservación resulta tan sorprendente como reveladora. Levantado con una mezcla extremadamente resistente de cal, piedra y arena, y reforzado con bloques de caliza y arenisca, este muro presenta una ligera inclinación que confirma el dominio técnico de la ingeniería romana. No es solo una pared: es una demostración tangible de cómo Roma concebía la arquitectura como una obra destinada a perdurar.
Junto a esta imponente estructura ha emergido uno de los elementos más enigmáticos de esta campaña: una cripta subterránea excavada directamente en la roca. En su interior, los arqueólogos han hallado decenas de piezas de hierro, entre ellas espadas, que abren nuevas líneas de investigación. Todo apunta a que podrían estar vinculadas a espectáculos de carácter anfiteatral o, quizá, a materiales militares destinados a su reutilización. A este conjunto se suman ocho piezas pertenecientes a un armazón aún sin identificar, cuya posible relación con una rueda está siendo analizada.
La excavación ha permitido además distinguir con claridad dos formas de construir dentro del mismo conjunto. Por un lado, una zona con acabados más refinados, donde se aprecian habitaciones bien definidas relacionadas con el funcionamiento del teatro y su pórtico. Por otro, la mitad oriental muestra una ejecución más sencilla, basada en mampostería careada y bien junteada, lo que sugiere distintas fases o funciones dentro del complejo.
Durante la visita institucional a los trabajos, se anunció que el parque cornisa del teatro llevará el nombre de Sebastián Ramallo, catedrático de la Universidad de Murcia y figura esencial en la recuperación del yacimiento desde su identificación en 1990. El reconocimiento llega como un acto de justicia hacia quien ha dedicado décadas a devolver a Cartagena una de sus señas de identidad más valiosas.
Este nuevo hallazgo no solo amplía el conocimiento sobre el teatro, sino que refuerza la idea de que Cartagena aún guarda, bajo su suelo, capítulos decisivos de su pasado. Cada descubrimiento no es un punto final, sino una invitación a seguir excavando en la memoria de una ciudad que nunca deja de sorprender.











