Has estado paseando por la calle Bodegones. Un callejón solitario, casi en penumbra incluso a pleno día, sin apenas vida comercial y con la mayoría de los bajos cerrados como párpados cansados. Persianas bajadas, escaparates vacíos, puertas que ya no se abren. Hay una tristeza silenciosa en el aire, de esas que no hacen ruido pero pesan. Y si alguien te dice que en los años 80 esa calle se conocía como la calle del ritmo, no te lo crees. No aquí. No ahora. No con este silencio.
Pero lo fue. Y de qué manera.
En aquellos años, Bodegones era una arteria nocturna por la que circulaba la sangre joven de Cartagena. Al caer la noche, la calle cambiaba de piel. Se llenaba de pasos, de risas, de música que se escapaba por puertas siempre abiertas. Allí estaba el Omega, luego rebautizado y reinventado, pero siempre fiel a su papel de templo del ritmo importado, del volumen alto y de la pista sin descanso. Muy cerca, el Borrón apostaba por la modernidad, por lo nuevo, por esa mezcla de vanguardia y descaro que definía una época sin miedo a experimentar. El Rockerfeller’s Pub ponía actitud, guitarras y noches largas; no hacía falta mirar el reloj porque nadie quería irse. Más allá, Tragaluz ofrecía ambiente bailable y espíritu festivo, y Clan, ya como discoteca, cerraba el recorrido con luces, dos pisos y la sensación de que la noche aún no había terminado, aunque el amanecer estuviera cerca.
No eran solo bares. Eran refugios. Eran puntos de encuentro donde se mezclaban tribus, estilos, acentos. Donde daba igual de dónde venías si sabías bailar, escuchar o simplemente estar. Cartagena era entonces una ciudad viva, despierta, con hambre de calle y de madrugada. Una ciudad que salía, que se miraba a los ojos, que se reconocía en la música y en el humo, en la charla apoyada en la barra, en el ritual compartido de empezar en un local y acabar en otro sin saber muy bien cómo.
Hoy, al caminar por Bodegones, cuesta encajar ese recuerdo con la realidad. ¿Qué ha pasado para que una ciudad que latía así se haya convertido en un silencio casi eterno? ¿En qué momento se apagaron las luces sin que nadie diera al interruptor? Tal vez fue una suma de decisiones, de miedos, de normativas, de cambios de hábitos. Tal vez dejamos de creer que la noche también construye ciudad. Pero si afinas el oído, cuando el viento corre entre las fachadas, todavía se oyen ecos. Risas lejanas. Un bajo marcando el ritmo. Las alegrías de aquellos años 80 que se resisten a desaparecer. Porque las ciudades pueden callar, sí, pero la memoria siempre encuentra la forma de seguir bailando.









